Cuando alguien toma la decisión de contar una historia, es indudable que no lo hace por una circunstancia aleatoria, por una casualidad o por un impulso momentáneo.
Normalmente, enfrentarse al folio en blanco es un hecho premeditado y consciente, al que se antepone una realidad ineludible: «Quiero escribir», o… «Quiero ser escritor».
El dilema de Bukowski: ¿Escribir para quién?
Al plantear la pregunta «¿Escribir para qué?», es imposible no recordar aquella proposición que Charles Bukowski planteó en una carta a un amigo. El escritor proponía el siguiente escenario:
¿Cuánto sabes de Historia y Cultura?
«Si yo acabara en una isla desierta, ¿qué terminaría haciendo? ¿Acaso escribiría con un palo sobre la arena contando quién sabe qué? ¿Lo haría incluso en ausencia de público lector?»
No desvelaré lo que Bukowski pensaba que acabaría haciendo; más que nada porque no lo recuerdo con claridad, pero la pregunta sigue resonando con la misma fuerza.
El impulso primitivo de dejar huella
En lo que a mí respecta, desde luego, no sé qué haría.
Me pregunto si, en esa soledad y ausencia de testigos, dejaría un mensaje en algún lugar, tal cual hicieron los hombres primitivos: símbolos sobre las paredes de una gruta amable que guareciera del frío y la inclemencia.
Elegiría quizá la corteza de un árbol. Iría un poco más lejos que los románticos «navajeros» del barrio, que empalaban los nombres enamorados alrededor de un tembloroso corazón cruzado por una flecha de la que nunca supe su significado real.
La certeza de la existencia del otro
Haciendo un ejercicio imaginativo, supongamos que en esa isla encontramos papel y bolígrafos adecuados. ¿Qué haríamos? ¿Escribir nuestra historia para los anales de la isla desierta? ¿Una historia de terror? ¿Una fábula con enseñanza? ¿Algo que produzca risa o pensamiento profundo?
La verdad, no lo sé. Solo sé que escribo porque lo siento como una necesidad vital y porque tengo la certeza de la existencia de un lector o lectora —quizá cientos de ellos— que están en algún lugar, esperando a leer nuevas historias. Juntos, sin conocernos, compartimos un instante eterno a través de la palabra.
Ahora que nadie me lee, en verdad soy el habitante de una isla. Una isla habitada por personajes inventados, por fantasmas literarios que rompen la soledad a base de páginas rotas y capítulos inconclusos…



