Los Códigos Secretos. La utilización de estrategias por parte del poder

Julio Cesar
Julio Cesar

Como en tantas ocasiones, la necesidad ha empujado la imaginación de los hombres. Tal es el caso de la necesidad de comunicar materia reservada para que no caiga en manos inapropiadas, en manos del “enemigo”.

Algo que ha obligado a estimular la imaginación de los poderosos desde tiempos inmemoriales.

En la Grecia Antigua

Julio CésarSobre la utilización de códigos secretos hay varias constancias que provienen de la Grecia antigua. Quizás la que más llame la atención sea la forma en que Histiaeus comunicó a su aliado, Aristágoras de Mileto, sobre el momento en que debía rebelarse contra el rey de Persia. Histiaeus mandó afeitar la cabeza de uno de sus sirvientes y le tatuó el mensaje sobre el cuero cabelludo. Una vez que creció lo suficiente el cabello, el mensajero, que probablemente desconocería el contenido del secreto que portaba, viajó a su destino.

Allí, no tuvieron más que rasurarle la cabeza para poder leer el contenido del mensaje. Consiguió pasar inadvertido y logró su propósito. Otra historia, no menos curiosa, nos conduce al siglo V antes de Cristo, a los tiempos en los que los antiguos griegos y persas vivían en conflicto. Según cuenta Herodoto en “Las Historias”, Jerjes, rey persa, comenzó a construir la que sería su nueva capital del Imperio, Persépoli

Ideas Brillantes

Salvo Atenas y Esparta, ambas polis griegas, todos contribuyeron con tributos para erigir la gran ciudad.

El desplante de espartanos y atenienses encolerizó de tal modo a Jerjes que decidió enviar sus tropas a las ciudades griegas, no solo para darles una lección, sino para anexionárselas definitivamente, ampliando así el imperio persa.

La Historia en aquellos tiempos transcurría de una forma pausada, no como en nuestra actualidad, por ello Jerjes tuvo la paciencia necesaria como para esperar 5 años, los suficientes para reunir un ejército poderoso. Los persas no debieron de guardar demasiado bien el secreto, pues llegó a oídos de Demarato, un rey espartano que había sido expulsado de su patria, que vivía en Susa, ciudad persa, y que a pesar del exilio, sintió la necesidad de comunicar a sus compatriotas el peligro que les acechaba. Pero, ¿cómo hacerlo? Sobre todo cómo hacerlo sin que nadie lo sospechase, sin que los persas interceptaran el mensaje.

Su plan consistió en escribir la advertencia sobre un par de tablillas de madera, después, las embadurnó de cera enviándoselas a Cleomenes, rey espartano. Como es natural, en un principio, nadie en Esparta entendió el envío de Demarato, salvo Gorgo, la hija de Cleomenes, quizá su intuición le hizo hallar la solución. Retiraron la cera y pudieron leer el mensaje secreto que el improvisado espía les revelaba.

Grecia

Grecia no se caracterizaba por ser un pueblo guerrero, pero ante esta situación, tomando en serio a Demarato, comenzaron a armarse. De hecho, los beneficios de las ciudades Estado que hasta entonces se repartían entre sus ciudadanos (sobre todo prevenientes de las minas de plata), se emplearon en la construcción de 200 naves de guerra.

Un 23 de septiembre del 480 a. de C., la flota persa, creyendo que atacaba por sorpresa, fue realmente sorprendida. Los griegos actuaron como si el ataque les pillara desprevenidos y dejaron que el enemigo se aproximara y entrara en la bahía, una vez dentro, la flota griega rodeó y atacó las naves de la princesa Artemisa, que al intentar retroceder contempló cómo sus embarcaciones se hundían en el día más humillante para su imperio.

Varias posibilidades

Cuando hablamos de mensajes ocultos, podemos referirnos a tres tipos o posibilidades. Una sería la esteganografía, consistente en ocultar el mensaje a la vista. Otra, la criptografía, cuando ocultamos el contenido del mensaje. Y una tercera posibilidad sería la hábil combinación de las anteriores, ocultar el mensaje a la vez que lo hacemos incomprensible en caso de que alguien llegara a localizarlo.

En “Vidas de los Césares”, se describe uno de los tipos de mensaje cifrado de sustitución utilizado por Julio César. El emperador, simplemente, sustituía cada letra que aparecía en el mensaje con la letra que está tres lugares más adelante en el alfabeto. O en “La Guerra de las Galias”, el propio Julio César, describe cómo envió un mensaje a Cicerón, que se encontraba sitiado y a punto de rendirse.

Lo que hizo fue sustituir las letras romanas por letras griegas, haciendo que el enemigo, de llegar a localizarlo, no entendiera el contenido del mensaje. Y demostrando, de paso, que el saber también es poder. Julio César lo cuenta así: “se dieron instrucciones al mensajero para que si no le era posible acercarse, arrojara la lanza -con la carta sujeta a la correa-, al atrincheramiento del campamento. Por casualidad, la lanza se clavó en la torre; al tercer día fue divisada por un soldado, que la bajó y la llevó a Cicerón”.

Métodos Mundiales

Cada pueblo ha creado sus propias formas de hacer. En China, hace siglos, se redactaban los mensajes sobre fino papel de seda para que el mensajero lo aplastara haciendo una pequeña pelota que recubría de cera e ingería. Los detalles de la recuperación del mensaje quedan a la imaginación del lector.

El científico italiano Giovanni Porta describe un método para esconder mensajes dentro de huevos cocidos. Primero, elaboraba una tinta con una mezcla de “una onza de alumbre (sal) y una pinta de vinagre”, más tarde escribía sobre la cáscara del huevo. Gracias a la porosidad de la cáscara, la letra no queda impresa en ella, pero sí la traspasa, dejando la huella de las letras del mensaje sobre el propio huevo. No hace falta más que retirar las cáscara para leerlo.

Medievo

Durante la Edad Media, en los monasterios, los monjes estudiaron la Biblia buscando significados ocultos. Fue determinante el descubrimiento de que el Antiguo Testamento contuviera partes del mismo codificado con lo que se ha venido en llamar “atbash”, una forma tradicional de codificación por sustitución típicamente hebrea, y que consiste en sustituir la primera letra del alfabeto por la última, la segunda por la penúltima, etc. Se ha concluido que lo más probable es que se pretendiera añadir misterio más que ocultar el significado de las palabras bíblicas.

El F.B.I. descubrió cómo se comunicaban mensajes secretos los alemanes antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial. Utilizaban algo que se hizo moneda corriente en el ejército nazi: el “micropunto”. Consistía en reducir fotográficamente el texto que querían comunicar hasta el tamaño de un punto (.), para, a continuación, insertarlo en una página dentro de un texto que no levantara ningún tipo de sospecha. La reducción del código secreto se insertaba como un punto y a parte o un punto y seguido, en cualquier lugar. El F.B.I. localizó esta habilidosa forma de comunicación a través de un soplo. Descifrar Mensajes En la antigüedad, el método más usual y socorrido para ocultar mensajes era la sustitución: cambiar cada letra del mensaje por su siguiente según el orden del alfabeto o por combinaciones aleatorias de este tipo.

Estas técnicas no eran muy seguras, Al Kindi, conocido como el “filósofo de los árabes”, en el siglo IX, explicaba que una manera de resolver un mensaje secreto, si sabemos en qué lengua está escrito, es encontrar un texto de parecido tamaño en ese idioma y que, por supuesto, no esté cifrado. Sobre este texto se hace el recuento de las veces que aparece cada letra.

A la que más aparezca se le llama 1ª, a la siguiente en frecuencia, 2ª, y así sucesivamente hasta completar todas las letras.

Después, se sustituyen las letras de las frecuencias del texto sin codificar por los símbolos del texto codificado, y se hace una a una la asignación. Los resultados dan pistas suficientes. Una vuelta de rosca para ocultar el mensaje es introducir en el texto símbolos que no significan nada para dificultar que alguien pueda descifrar el mensaje secreto, es lo que se llamaría “símbolos nulos”. El descifrador estaría entretenido intentando obtener el significado de algo inexistente: una trampa.

En Tiempos de Guerra

The WindTalkersComo ya hemos visto, los códigos secretos son particularmente importantes en tiempos de guerra. En 1942, en la campaña del Pacífico, el ejército norteamericano tenía verdaderos problemas: sus mensajes eran continuamente descifrados por los soldados japoneses, que en muchos casos conocían al detalle la cultura del enemigo, pues habían residido y estudiado en su territorio. Por ello, el ingeniero Philip Johnston, de edad avanzada para combatir en el frente, participó en la guerra ofreciendo un sistema de comunicación que a la postre resultó infalible (y que se puede ver en la película de John Woo, “The WindTalkers”, 2002). Johnston creció en las reservas de los indios navajos de Arizona por lo que hablaba su idioma. Un idioma muy complicado para los no nativos.

Tuvo la ocurrencia de utilizar esa lengua (u otras utilizadas por los indios americanos) para transmitir información. Solo era necesario que cada unidad militar contara con dos operadores de radio de origen indio. Tras varias pruebas, en las que soldados navajos se comunicaban por radio, todo fue bien, salvo un detalle: la falta de alfabetización de las tribus indias. Los navajos, en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, vivían en condiciones muy duras y eran considerados como una raza inferior, algo que cambió radicalmente cuando entraron en la batalla con extraordinarios resultados. Otro problema que se suscitó fue la falta de términos bélicos, con su similar en inglés, en la lengua de los navajo.

De ahí que se utilizaran palabras que, por su parecido, no ofrecieran dudas de interpretación. Algunos ejemplos, serían: Avión de caza, se sustituía por colobrí, en navajo = Dahetihhi. Submarino = Iron fish = Pez de hierro = Besh-lo. Bombas = Eggs = Huevos = A-ye-shi.La lengua de los navajo no tiene relación con ninguna lengua asiática o europea. En la guerra participaron 420 mensajeros de la tribu y todos sus éxitos tardaron en hacerse públicos. Hasta 1968 no se desclasificó “el código navajo”, que los japoneses nunca llegaron a descifrar.

Para saber más: Los Códigos secretos. Simon Singh.

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