Tulipomanía, la primera burbuja especulativa de la Historia

De cómo la avaricia humana creció en torno al tulipán, dando lugar a la primera burbuja especulativa de la Historia

Charles De l’Écluse y la particularidad de los tulipanes exóticos

En el otoño de 1593, el naturalista flamenco Charles De l’Écluse introducía en el jardín botánico de la Universidad de Leiden unas variedades exóticas de tulipanes procedentes de Anatolia.

Estas flores habían llegado a las Provincias Unidas tiempo atrás, a mediados del siglo XVI, sin causar demasiada expectación entre los habitantes del lugar.

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Sin embargo, los bulbos adquiridos por De l’Écluse, debido a la acción del pulgón común, presentaban unas formas y colores que despertaron el interés de los holandeses.

Esta circunstancia, unida a la coyuntura económica favorable por la que atravesaban las Provincias Unidas, convirtió a los exóticos tulipanes en objetos de coleccionista y símbolos de estatus social.

En apenas unos años la población flamenca se vio invadida por una especie de locura colectiva denominada “tulipomanía”.

La avaricia humana creció en torno a la inocente planta, dando lugar a la primera burbuja especulativa de la Historia.

Durante los primeros años del siglo XVI el cultivo de los tulipanes se convirtió en una de las inversiones más lucrativas de Europa.

La abundancia de compradores condujo tanto a un aumento de la producción como al crecimiento exponencial de los precios.

Pero, a pesar de todo eso, cuando falleció en Leiden el 4 de abril de 1609, Charles De l’Écluse estaba lejos de imaginar las consecuencias económicas que en las décadas siguientes iban a tener sus tulipanes convertidos en juguetes de la especulación.

tulipanes

En 1623, la población flamenca se encontraba totalmente infectada por la fiebre de los tulipanes.

Una suerte de enfermedad que, de la mano de la avaricia y la ceguera colectiva, conducía a la población de las Provincias Unidas hacia el precipicio de la bancarrota.

Por aquel entonces, el precio de algunos bulbos de tulipán podía ascender a los mil florines, una cifra siete veces superior al sueldo medio anual de un flamenco. Charles De l’Écluse

Evidentemente, por muy exótica que fuera la flor, distaba mucho de poseer el valor que se le atribuía.

Sin ser conscientes de ello, los flamencos estaban siendo víctimas de una granburbuja especulativa.

Un fenómeno que se veía animado por la idea de que, al tratarse de un mercado en constante alza, toda inversión en tulipanes era segura.

De este modo, se generalizó el crédito para la compra de tulipanes. Las familias, ya fueran humildes o de alta alcurnia, empeñaron sus propiedades en préstamos que, con toda tranquilidad, ofrecían los financieros de la época.

Todos ellos daban por sentado que los bulbos adquiridos podrían venderse pocos días después a un precio mayor. Incluso muchos abandonaron sus empleos para dedicarse full time a un negocio que ofrecía unos beneficios del 500% sobre el capital invertido.

El punto álgido de la Tuplipomanía

El punto álgido de la “tulipomanía” llegó en 1636, cuando se creó un mercado de futuros que incluía tulipanes aún no recolectados.

El maquiavélico juego de la avaricia encontraba así un nuevo campo donde expandirse: una especulación que no precisaba de sustrato material para arrojar beneficios.

Este sutil sistema permitía, por ejemplo, comprar un bulbo en verano por tan sólo veinte florines y venderlo en noviembre por algo más del doble. Aunque, si el inversor decidía esperar un mes más, podía llegar a obtener hasta cien florines por un único bulbo.

Campos de tulipanes

Ahora bien, en el caso concreto de las plantas, el riesgo de desarrollar un mercado de futuros era la excesiva dependencia de las condiciones meteorológicas.

Las malas cosechas de 1637 generaron las primeras bancarrotas en aquellos que había invertido grandes cantidades en los bulbos.

Todo esto contribuyó a llenar de pesimismo a los inversores, que además veían como el mercado comenzaba a dar síntomas de agotamiento.

De la noche a la mañana, los flamencos recuperaron la cordura, percatándose de que el precio de los tulipanes era excesivo.

Las ordenes de venta se dispararon, pero ya no encontraban compradores al precio estipulado.

Aquellos que habían depositado sus esperanzas en el alza ilimitada de los precios perdieron sus ahorros.

En definitiva, el edificio de la especulación se desplomó como un castillo de naipes, dejando en la ruina a miles de inversores y prestamistas.

Las Provincias Unidas fueron víctimas de una gran burbuja especulativa, un fenómeno que, con distintas características, ha hecho acto de presencia en la vida de millones de personas a lo largo de los últimos cuatro siglos.


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Carlos Gonzalez

Pontevedra, 1984. Licenciado en Historia por la Universidad de Valladolid y Diplomado en Ciencias Políticas por la UNED. Profesor de Educación Secundaria, habiendo concluido su tesis doctoral sobre la Historia de la Transición. Autor del libro Salvador Sanchez-Teran: un político de la transición.

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