Monarquía y juego: Príncipe Eduardo de Inglaterra y el escándalo del bacará

Edward VII. La historia de cómo traicionó a su amigo, un héroe de guerra algo mujeriego, que había sido acusado de tramposo en el juego de cartas ‘porque lo había atrapado en la cama con SU amante’

 

Esta es la historia, pongámonos en situación: Estamos en el final del verano del año de 1890. El Príncipe de Gales, el que sería futuro rey Eduardo VII se encuentra en la casa de campo de un amigo, por otra parte multimillonario naviero, llamado Arthur Wilson. 

Ya sabemos las costumbres de la realeza en esos tiempos, cuando gozaban de días de asueto que pasaban reunidos o yendo a ver carreras de caballos.

La cuestión es que, el tiempo, que les sobraba sobremanera, también lo empleaban en jugar,  jugar al casino y a las cartas…

En una de esas partidas, sobre todo jugadas al bacará, uno de los jugadores, sir William Gordon-Cumming -público mujeriego y teniente coronel del ejército-, fue acusado de hacer trampas en una partida en la que llegó a ganar 225 libras -una gran cantidad de dinero par la época-, aunque él lo negara. No, no había hecho trampas.

Tras una acalorada discusión, el acusado, sir William, y el que sería rey, Eduardo VII llegaron a un acuerdo, para que la cuestión no trascendiera. Sin embargo, las habladurías y la llegada de un mensaje sin firma que le acusaba, hicieron que el teniente coronel demandara a sus acusadores. Porque como veremos, a continuación, esta es no solo una historia de jugadores de cartas, es algo más, es también una historia de amantes traicionados.

El Príncipe de Gales, protagonista de esta historia

El testigo clave en el juicio que se celebró y que, como pueden imaginar, fue un auténtico escándalo social en la época, fue Bertie, como se conocía al Príncipe de Gales.

Como ya sabemos, el demandante era su amigo Sir William Gordon-Cumming. Una amistad que transmutaría en hostilidad y que llenaría las portadas de los periódicos y el chismorreo de las gentes. Algo que a la madre del futuro monarca no gustaba en absoluto, principalmente porque podría arrastrarla. No quedaba bien, ante la opinión pública y publicada que el futuro regente gastara el dinero, en grandes sumas, jugándoselo a las cartas con sus amigotes, por muy nobles o militares que fueran. De hecho, esos apenas dos centenares de libras supondrían a día de hoy, más de 20.000.

El juicio por el caso bacará o el asunto de Tranby Croft

El juicio se celebró en el verano siguiente, en los Tribunales de Justicia del Queen’s Bench, en la capital, Londres, ante una abarrotada muchedumbre aviesa por ver tan inusual espectáculo.

Una pregunta que cabe hacerse es porqué se llegó a juicio. Al parecer, y de forma irónica, fueron los esfuerzos de los ayudantes al servicio del Príncipe de Gales para protegerle de ese temido escándalo los que fracasaron y provocaron que llegara el caso a la corte, y que el Príncipe fuera llamado como testigo.

El asunto que se conoció como el «asunto de Tranby Croft», y que ha quedado para la posteridad como el ‘escándalo del Royal Baccarat’, intrigó a la sociedad, en todos sus estratos sociales.

¿Gordon-Cumming era inocente o un tramposo? Y crucialmente, ¿traicionó el Príncipe de Gales a uno de sus amigos más antiguos para salvar su propia reputación y eliminar a un rival amoroso?

Al final, todo era un asunto de faldas

Daisy Greville, condesa de Warwick

En este punto, entra en escena Daisy Greville, condesa de Warwick, quien se había convertido en la amante del Príncipe Eduardo hacía poco más de doce meses. En esos días era una noble de 28 años que Bertie.

En septiembre de 1890, Daisy debía unirse al Príncipe y Gordon-Cumming en Tranby Croft en Yorkshire, donde se quedarían para las carreras de Doncaster.

cuando llegó Eduardo se encontró con una escena inesperada. Su amante y su amigo, en la cama, juntos

Solo dos días antes del día de autos, el Príncipe de Gales regresó antes de tiempo de un viaje al extranjero y fue a la casa de su amigo Gordon-Cumming, con el que había pactado encontrarse con Daisy, su amante, pero cuando llegó Eduardo se encontró con una escena inesperada. Su amante y su amigo, en la cama, juntos. El príncipe dio media vuelta, pero como podemos entender, algo más que enojado. Su amistad se había roto y su relación con su amante, igual.

Llegado el momento del juicio, Gordon-Cumming no podía pensar ni esperar que el que fuera su amigo pudiera defender su honor. Y, no, no le defendió 

El jurado emitió un veredicto, que quizá no fue una sorpresa para todos, a favor de los acusadores de Gordon-Cumming, que fue vitoreado a su salida de la corte de justicia.

Fue retratado en la prensa como un mártir, pero fue despedido del ejército y recibió el rechazo por parte de la sociedad, ávida porque la nobleza sufriera el escarnio por su esnobismo y por ser manirrotos con el dinero.

La popularidad de Eduardo se desplomó y el caso judicial estableció un principio que afectaría a la Familia Real y que arrastran con el paso del tiempo: que el pueblo tenía derecho a conocer con exactitud qué hacían los monarcas en sus lujosas vidas privadas. Aunque esos hechos fueran dignos del reproche público.

Y que no hicieran trampas, ni siquiera cuando jugaban a las cartas, algo que parece a lo que estaban demasiado acostumbrados.

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