Piensa en tu rutina antes de salir. Te pones un poco de delineador, te subes a unos tacones y te fijas el pelo. Lo que probablemente no sabes es que acabas de replicar las tácticas de supervivencia de un guerrero antiguo, un soldado de la Segunda Guerra Mundial y un faraón egipcio.
A lo largo de la historia, hemos cogido herramientas de combate y supervivencia y las hemos transformado en pura estética.
Los tacones
Si te duelen los pies tras una noche en tacones, es porque no los estás usando para su propósito original: matar a caballo. En el siglo X, los jinetes de la caballería persa necesitaban que sus botas encajaran perfectamente en los estribos para poder levantarse y disparar flechas con el arco sin caerse. El tacón era, literalmente, una herramienta de guerra.
Cuando los diplomáticos persas trajeron la moda a Europa, la aristocracia masculina enloqueció. El rey Luis XIV de Francia los convirtió en el máximo símbolo de masculinidad y poder (si eras alto, eras importante). Las mujeres empezaron a usarlos mucho después, precisamente para apropiarse de ese estatus masculino.
El delineador de ojos
El delineador de ojos, o, como se conoce en inglés el “eyeliner” negro con el que te haces el rabillo del ojo tiene un origen mucho más pragmático. En el Antiguo Egipto, el kohl (una pasta negra y espesa) no era (solo) coquetería, era medicina.
Estaba fabricado a base de galena, un mineral de plomo. Aplicarlo alrededor del ojo servía como unas gafas de sol primitivas para evitar el deslumbramiento en el desierto, pero, sobre todo, sus sales de plomo estimulaban el sistema inmunológico del ojo. Era un repelente contra las moscas y un escudo antibacteriano contra las infecciones oculares crónicas de la época.
La laca
Por otro lado, la laca, el spray que mantiene tu peinado intacto le debe su existencia a la Segunda Guerra Mundial. El ejército de Estados Unidos necesitaba una forma eficaz de que sus soldados rociaran insecticida en las tiendas de campaña del Pacífico para no morir de malaria.
La tecnología del aerosol, conocida entonces como la «bomba de insectos». Una vez terminada la guerra, la industria química vio un filón y cambiaron el veneno por polímeros fijadores, lo metieron en botes más bonitos y revolucionaron los peinados estructurados de los años 50.
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