El lado oscuro de los perfumes del siglo XVIII


«Y el hedor pestilente se exhalaba por todas partes, pues las ciudades apestaban, las catedrales apestaban, los palacios apestaban, el lecho del rey apestaba y el de las putas por igual…»

Con estas palabras inolvidables arranca El perfume (1985), la obra maestra de Patrick Süskind. Aunque la novela transcurre en el siglo XVIII y se adentra en el terreno de la ficción macabra, el punto de partida es rigurosamente histórico: Europa olía mal. Muy mal.

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Si en nuestro artículo anterior explorábamos cómo las pelucas monumentales y las jaulas con pájaros vivos en la corte de Luis XIV y María Antonieta respondían a una competición desmedida por el estatus, hoy toca levantar el velo de polvos de arroz y ámbar para adentrarnos en la cruda realidad olfativa del Antiguo Régimen. ¿Hasta qué punto los perfumes de la Ilustración fueron una máscara de la insalubridad?

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El miedo al agua: Cuando lavarse era un peligro para la salud

Existe un mito popular muy extendido que afirma que los reyes de Versalles jamás se bañaban. La realidad médica e histórica es ligeramente más compleja, pero igual de perturbadora.

Durante los siglos XVII y XVIII, la medicina occidental estaba convencida de que el agua caliente abría los poros de la piel, permitiendo que los miasmas, las epidemias y el aire pestilente del exterior penetraran en el cuerpo provocando la muerte. Los médicos recomendaban limitar al máximo los baños de inmersión.

La higiene en seco: La limpieza cotidiana consistía en cambiarse de ropa interior (preferiblemente de lino blanco, que se creía que «absorbía» la suciedad) y frotar el rostro y las manos con paños secos o ligeramente humedecidos en alcohol o vinagre.

El palacio sin saneamiento: Versalles, un coloso arquitectónico que albergaba a miles de cortesanos, carecía de un sistema de letrinas adecuado. Las necesidades se hacían en rincones, pasillos o bacinillas que tardaban en vaciarse. El resultado era una atmósfera viciada de forma permanente.

La alquimia del hedor: Almizcle, civeta y ámbar gris

Ante este panorama, la industria del perfume no nació de un capricho estético puramente refinado, sino como una necesidad de supervivencia olfativa. Los aromas ligeros, florales y cítricos que hoy asociamos a la primavera francesa (como el agua de azahar o la lavanda suave) eran completamente insuficientes para combatir la pestilencia de cuerpos sudorosos, calles atiborradas de basura y aguas estancadas.

Para neutralizar el hedor corporal, la perfumería del siglo XVIII recurrió a ingredientes de origen animal muy pesados, densos y de fijación extrema:

El Almizcle (Musk): Extraído de las glándulas del ciervo almizclero. Su aroma es intensamente animal, terroso y persistente.

La Civeta: Una secreción pastosa y maloliente en estado puro, obtenida del gato almizclero. Diluida en alcohol, aportaba una fijación inigualable capaz de camuflar cualquier rastro orgánico de descomposición o sudor acumulado.

El Ámbar Gris: Una sustancia sólida y cérea originada en el aparato digestivo de los cachalotes. Aunque madura en el mar adquiriendo notas marinas y dulces, posee una potencia olfativa brutal.

Estas esencias se impregnaban en la ropa, en los guantes de cuero (muy de moda entonces para proteger las manos y perfumarlas), en los abanicos e incluso se compactaban en pequeños recipientes llamados pomanders o bolas de olor que se llevaban colgados al cuello.

Imagen de un mercado del siglo XVIII y el contraste con el perfume de un noble.

El polvo que lo cubría todo: Del cabello a la piel

La higiene capilar sufría del mismo terror al agua. Las enormes pelucas empolvadas que analizamos anteriormente no se lavaban con agua y jabón; hacerlo habría arruinado las estructuras de crin de caballo, lana y alambre.

Para mantenerlas «limpias», se utilizaban polvos de almidón de trigo u ovillejo perfumados con flores, lirio de Florencia o almizcle. Este polvo se esparcía generosamente sobre la cabeza y el rostro para absorber la grasa y disimular los olores rancios. Por supuesto, este caldo de cultivo seco era el hábitat perfecto para piojos y parásitos, lo que obligaba a usar varones especiales (los «rascadores de cabeza») para aliviar el picor en plena corte sin arruinar el peinado.

3 Anécdotas

1. El secuestro industrial del Agua de Colonia (Espionaje comercial a lo James Bond)

Giovanni Maria Farina creó un aroma tan adictivo y revolucionario que todos querían copiarlo, pero él guardaba la fórmula bajo llave. Para proteger el secreto, un pariente ambicioso llamado Jean Marie Joseph Farina decidió mudarse a París, abrió una tienda con un nombre casi idéntico para confundir a los clientes y afirmó tener la fórmula original. Esto desató una guerra legal brutal que duró décadas.

2. María Antonieta, el carné de baile y el «olor a Versalles»

Jean-Louis Fargeon, el perfumista de la reina, no solo le hacía perfumes; diseñaba toda una estrategia olfativa para cada estado de ánimo y estación. Creó para ella un jabón especial blanqueador de almendras y pepino (lait de concombres), y se dice que el olor en los pasillos de Versalles era tan densamente empalagoso a almizcle, jazmín y polvos perfumados que muchos cortesanos terminaban con jaquecas insoportables. Curiosamente, la reina utilizaba fragancias tan potentes que, durante su fallida huida en Varennes, su carruaje venía tan cargado de perfumes que delató su paso a los revolucionarios que la persiguieron.

3. Las «bolsas de olor» que sustituían a la ducha (y el miedo al agua)

En el siglo XVIII la gente creía que el agua caliente abría los poros y permitía que las enfermedades (como la peste o la sífilis) penetrasen en el cuerpo. Por eso, bañarse con agua era algo excepcional y peligroso; la higiene real consistía en «lavarse en seco» cambiando de camisa blanca de hilo constantemente y embadurnándose en polvos de arroz y esencias. Para combatir el hedor corporal real, los aristócratas llevaban dentro de sus ropas y pelucas unas pequeñas bolsitas de seda rellenas de especias, hierbas aromáticas y borra de algodón impregnada en civeta (una sustancia anal de un gato almizclero) o ámbar gris (vómito de ballena).

El triunfo del artificio

El perfume del siglo XVIII no era un lujo sutil; era una armadura invisible. En una época donde la ciencia médica aún ignoraba la existencia de bacterias y virus, el aroma recio y pesado servía como una barrera psicológica y física contra la muerte y la podredumbre que se respiraba en las calles de París o en los salones de Versalles.

Cuando estalló la Revolución Francesa, no solo cayeron las cabezas coronadas y las estructuras del Antiguo Régimen; también se desmoronó este imperio de olores recios. La llegada de la modernidad y la posterior obsesión por la higiene higienista del siglo XIX trajeron consigo un cambio radical: el perfume dejó de ser una máscara de la suciedad para convertirse en el símbolo de la limpieza y la individualidad que conocemos hoy en día.

Los maestros perfumistas más destacados de esta centuria fueron:

  • Jean-Louis Fargeon (1748–1806): Originario de Montpellier, dinastía de perfumistas y el más célebre de su tiempo. Se convirtió en el perfumista oficial de la reina María Antonieta, para quien creaba fragancias florales personalizadas y geles de baño exclusivos (lait de concombres, pomadas y polvos de arroz). Su relación con la reina quedó inmortalizada en sus memorias.

  • Giovanni Maria Farina (1685–1766): Creador en Colonia (Alemania) del mítico Agua de Colonia (Eau de Cologne), originalmente llamada Johann Maria Farina gegenüber dem Jülichs-Platz. Revolucionó el mercado con una fragancia ligera y cítrica a base de bergamota, romero y cedro, que fascinó a todas las casas reales de Europa.

  • La dinastía Houbigant: Fundada en París en 1775 por Jean-François Houbigant en la Rue du Faubourg Saint-Honoré. Su tienda (À la Corbeille de Fleurs) se convirtió en proveedora oficial de la realeza, incluyendo a la propia María Antonieta y, posteriormente, a Napoleón y la realeza británica.

  • René le Florentin: Aunque su época dorada corresponde al siglo XVI (bajo Catalina de Médici), su legado sentó las bases del gremio de los gantiers-parfumeurs (guanteros-perfumistas), corporación que dominó la industria en Francia hasta bien entrado el siglo XVIII.

Fuentes Bibliográficas

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José Carlos Bermejo
José Carlos Bermejo

José Carlos Bermejo. Madrid, noviembre 1971. Escritor.
Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología (Ciencia de la Administración, Historia Económica contemporánea y Sociología Política), ha colaborado en diferentes medios de comunicación, tradicionales y digitales y trabajado como técnico y responsable de comunicación para más de un ayuntamiento español.
Es autor de las novelas WILDE ENCADENADO (prólogo Luis Antonio de Villena), y del thriller Li es un INFINITO de secretos. También de los libros de relatos Retazos de un mundo IMperfecto y Retazos de un mundo INcoherente, ambos traducidos al inglés, al portugués y al italiano.
+ info: www.josecarlosbermejo.com
redaccion@actuallynotes.com

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