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👁️‍🗨️ Historias de lectores

¿Cómo ha leído el ser humano a lo largo de la Historia?

Nunca se ha leído igual, nunca ha estado permitido leer a todos.

Se han quemado los libros para que no se leyera en la actualidad y en los tiempos remotos, como recoge la Historia.

Es interesante hacer un recorrido por las historias de los lectores que en el mundo han sido: cómo se leía en la Edad Media, porqué unos estaban a favor de que la mujer leyera y otros no.

O… cuándo se crearon las primeras gafas, cómo se las ingeniaban cuando el preciado placer de la lectura era negado o prohibido, y de eso no hace tantos años…

Un paseante curiosea sobre los restos de un estante de una biblioteca londinense que se mantiene en pie, a pesar de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.Un paseante curiosea sobre los restos de un estante de una biblioteca londinense que se mantiene en pie, a pesar de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
Un paseante curiosea sobre los restos de un estante de una biblioteca londinense que se mantiene en pie, a pesar de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. (1940). Fotografía del Museo de la Guerra, Londres

Silencio, se Lee

Nosotros conocemos la biblioteca como un lugar de silencio, incluso de cierto recogimiento. Ahora, en nuestras bibliotecas se lee y se estudia de forma callada.

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Todo lo contrario sucedía en la Antigüedad, cuando en vez de perfectos libros encuadernados, el lector tenía ante sí pergaminos o tablillas que leer.

Era habitual, y así lo refleja el mismo Séneca, algo quejoso por este hecho, que en las bibliotecas se leyera en voz alta, se comentara de mesa en mesa asuntos sin tener en cuenta al lector contiguo, que, salvo casos excepcionales, no parecía quejarse por ser una norma habitual para todos.

 

La lectura en la Edad Media

Es complicado condensar tantos siglos como la época medieval, pero durante la Edad Media se dieron circunstancias especiales que cabe destacar en lo que al tema que tratamos respecta.

De un lado y como es ampliamente conocido, el acceso a la instrucción, fuera de la iglesia, estaba prácticamente vedado, y solo las clases más pudientes se alfabetizaban.

Con el crecimiento de las ciudades en la Europa del siglo X se extendió la creación de escuelas dirigidas por un único maestro que procuraba una enseñanza básica.

A partir del siglo XIII los grandes burgueses consideraban que lectura y escritura era algo propio de monjes, aunque a sus hijos les enseñaban a leer y escribir.

Y, doscientos años después, en algunos escritos, como los de León Bautista Alberti, un erudito italiano, se puede leer que la educación de los niños es asunto de nodrizas y madres, que debían enseñar las letras a la más temprana edad posible.

El siglo XV y la educación de las mujeres

Más curioso resulta el tema que surge en el mismo siglo XV, cuando se plantea el tema de la educación que deben recibir las mujeres.

Así se podía leer, de palabras de un noble, lo siguiente: “No es conveniente que las jovencitas aprendan a leer y escribir a no ser que deseen hacerse monjas, porque, de lo contrario, al alcanzar la mayoría de edad, podrían escribir o recibir cartas de amor”. Estas palabras corresponden a Felipe de Novara, y por más que lo intentamos, no podemos salir del asombro al releerlas. Si bien, también existe el contrapunto a esta opinión, pero dándole al asunto un cariz todavía más machista.

En palabras del caballero De la Tour Landry: “las jóvenes deben saber leer para que aprendan la verdadera fe y se protejan contra los peligros que amenazan el alma”.

Durante el siglo XIV, y a partir de ese momento, se hicieron muy populares los libros de imágenes. Conocidos, despectivamente, como las “Biblias de los Pobres”, permitían seguir la acción que allí se narraba sin necesidad de saber leer. Ni que decir tiene que las historias que se contaban tenían un fondo religioso.

Apenas contenían palabras, a lo sumo algunas frases en los laterales o, como mucho, con “bocadillos” similares a los que se utilizan en los actuales cómic para dar voz a los protagonistas de las distintas escenas. No obstante, no parece quedar claro que estos libros estuvieran destinados a los pobres, mayoría en la época y a los que no se prestaba demasiada atención.

Es probable que estos libros se expusieran en las iglesias, siendo por otro lado, auténticas obras de arte.

Las primeras gafas de la HistoriaLas Primeras Gafas para leer y algo más…

Hay que retroceder hasta el año 1352 para descubrir el primer cuadro pictórico donde se representa a un lector con gafas o lentes. Es el que aparece en esta imagen. Años antes, en 1306, en la iglesia de Santa María Novella, en Florencia, Giordano de Rivalto, en uno de sus sermones recordaba a los feligreses el invento de las lentes para leer.

Se piensa que el inventor fue Salvino degli Armati, cuyos restos descansan en la iglesia antes mencionada, y en una placa, a modo de epitafio, están escritas las palabras: “Inventor de las gafas. Que Dios le perdone sus pecados. 1317”.

Lo cierto es que en el año 1268 Bacon dejó escrito lo siguiente: “Si alguien examina letras por medio de una lente con el lado convexo mirando hacia el ojo, las verá más grandes y mejor”.

Es posible que las gafas fueran inventadas por distintos hombres en distintas partes del mundo casi al mismo tiempo.

Una Cuestión de Imaginación. El trabajador lector

En 1895, un cigarrero de La Habana, que además era poeta, y que respondía al nombre de Saturnino Martínez, fundó el periódico “La Aurora”. Pretendía que fuese popular y su lectura muy extendida, pero se dio cuenta que eran muy pocos los trabajadores de la fábrica donde trabaja los que sabían leer y escribir, y esos eran sus potenciales lectores.

No se equivocaba, porque en aquella época y según los datos estadísticos existentes, el 80% de los trabajadores cubanos eran analfabetos.

Saturnino pensó que una forma de solucionar el problema podía pasar porque un trabajador-lector leyera el periódico mientras el resto trabajaba. Y así fue, tras obtener el permiso del propietario de la fábrica llamada “El Fígaro”, y con la colaboración de un colegio, comenzaron las lecturas públicas en tiempo de trabajo. Cabe señalar que el lector era pagado por el resto de trabajadores, a los que se les retraía una pequeña cantidad de su propio sueldo.

Al poco tiempo, otras fábricas se unieron a la iniciativa. Ya no se leían solo periódicos sino también libros.

Pero, pronto, las autoridades vieron el “peligro” que podía suponer esta iniciativa, quizá porque en algunos periódicos, como en la misma “La Aurora”, se podían leer noticias como esta: “El dueño de una fábrica pone grilletes a los niños que utiliza como aprendices”.

Así, un edicto del gobernador de Cuba, en el propio año 1866, dictaba lo siguiente: “Se prohíbe distraer a los obreros de las fábricas de tabaco, talleres y tiendas de toda clase con la lectura de libros y periódicos…” El edicto instaba a la policía a ejercer vigilancia para asegurar que se cumplieran dichas órdenes.

Ni que decir tiene que, en la práctica, se siguió leyendo, de manera clandestina, eso sí.

En 1868 comenzó la Primera Guerra de Independencia que provocó que muchos trabajadores marcharan a Estados Unidos, llevando consigo esa costumbre de lectura oral y compartida.

Lector de libros en la fábrica
El trabajador lector

Uno de los libros preferidos por los trabajadores de las fábricas de cigarros establecidas en Estados Unidos fue el “El Conde de Montecristo”. Tal es así que un grupo de trabajadores envió una carta a Alejandro Dumas solicitándole poner su nombre a un tipo de puros. Sabemos que el escritor accedió. Son uno de los puros más famosos del mundo.

El  Pregonero

Los primeros Pregoneros de la Historia provienen de la Antigua Roma. De hecho, la palabra procede de la contracción de praecino y cantare. La presencia del verbo cantar se debe al propio concepto del canto que se daba a la lectura.

Así, el Pregonero era el que iba delante cantando lo que leía, lo que comunicaba para que todo el mundo tuviese noticia de un acontecimiento de interés general, una noticia o como método publicitario haciendo atractivo el mensaje con sus dotes y elocuencia lectoras.

¿Cómo leen las personas ciegas?

El Alfabeto Braille El sistema de lectura y escritura a través de las yemas de los dedos destinado a las personas que padecen ceguera fue creado en el siglo XIX por Louis Braille. Invidente como consecuencia de un accidente sufrido en el taller de su padre en 1812, cuando tenía 3 años, Braille acudía a la Escuela de Ciegos y Sordos de París, dirigida por Valentín Hauy, que enseñaba a leer en base al alfabeto que él mismo había creado y que consistía en 26 letras.

El sistema era muy rudimentario ya que obligaba a elaborar las palabras en tela para pegarlas en papel y lo que ocupaba unas pocas páginas en papel, se convertía en pesados libros poco manejables.

Aunque la Historia escrita, en lo que a la famosa y útil invención de  Braille no se pone de acuerdo, parece ser que tras ser nombrado profesor de la Escuela y probar distintos métodos sin resultado, Louis escuchó una conversación sobre un militar que había ideado un sistema de puntos en relieve que se podían leer en la oscuridad, de tal manera que pudiera ser leído a salvo de los enemigos.

Pocos años después Braille creó un sistema de 63 combinaciones que representaban las palabras, abreviaturas y signos de puntuación básicos para la lectura.

En un principio su sistema se desestimó e incluso fue acusado, en alguna exhibición pública del mismo, de memorizar los textos que leía aplicando el método.

El Alfabeto Braille
Sistema Braille
Playboy en Braille
Playboy en Braille

En las FAQ´s de la revista Playboy se reconoce que si bien los artículos de opinión escritos en la revista no son lo primero que leen los lectores, éstos también disfrutan de su “periodismo laureado, su humor y su ficción”.

Concluye que las únicas personas que legitiman esta opinión son los miles de lectores ciegos que estudian su edición en Braille, la cual ha sido distribuida por la Biblioteca del Congreso desde 1970.

Rueda de Ramelli
Máquinas para leer

Tras el atril, uno de los inventos más curiosos con el fin de facilitar la lectura lo encontramos en la “mesa de lectura rotatoria”.

Creada en el siglo XIV, o al menos representada en un grabado de esa época, viene a ser una mesa que permite ir girándola para poder leer los libros que estuvieran dispuestos en ella.

Se cree que la base de este invento sea debida al extraordinario volumen que tenían los libros de ese siglo, y siglos posteriores. Además, se recomendaba para aquellas personas que sufrieran de gota y para ahorrar tiempo en la búsqueda de los libros. En algunas cartas fechadas en la época se pueden leer recomendaciones de este instrumento en el que se ensalzan estas cualidades.

En algunas páginas de Internet y otros medios se afirma que este inventó es obra de un ingeniero italiano llamado Agostino Ramelli. No obstante, y aunque parece haber dudas razonables a este respecto, lo que sí existe es un libro del año 1588 recopilatorio de máquinas para leer que es obra de dicho ingeniero que trabajaba para el rey de Francia y que la recomendaba vivamente.

Pelea de Gallos

Para hacer más cómoda la lectura, y sin que se conozca el nombre del inventor, fue creada la silla denominada: “pelea de gallos” en la Inglaterra del siglo XVIII.

Destinada principalmente para su uso en bibliotecas, el lector debía sentarse a horcajadas, teniendo el atril frente a él, como se puede ver en la fotografía y pudiendo disponer los brazos a ambos lados. Como curiosidad cabe mencionar que el nombre que recibe se debe a su aparición en muchas ilustraciones que representaban peleas de gallos.


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José Carlos Bermejo

José Carlos Bermejo. Madrid, noviembre 1971. Escritor. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, ha colaborado en diferentes medios de comunicación, tradicionales y digitales y trabajado como técnico y responsable de comunicación para más de un ayuntamiento español. Es autor de las novelas WILDE ENCADENADO (prólogo Luis Antonio de Villena), y del thriller Li es un INFINITO de secretos. También de los libros de relatos Retazos de un mundo IMperfecto y Retazos de un mundo INcoherente, ambos traducidos al inglés y al italiano. + info: www.josecarlosbermejo.com

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