La relación amorosa entre Germana de Foix y Carlos V, ¿leyenda o realidad?

19 Abril, 2017  —  Por

¿Quién fue Germana de Foix?

El  estreno de la serie de televisión “Carlos, Rey Emperador” dio a conocer al gran público a la figura de Germana de Foix.

Una de las mujeres más poderosas de su tiempo, esta carismática reina fue una de las mujeres más fascinantes de la primera mitad del siglo XVI.

Reina consorte de Aragón y cercana colaboradora de Carlos V, fue virreina de Valencia, donde estableció una destacada corte de inspiración renacentista y era precisamente ella quien gobernó este territorio durante los momentos inmediatamente posteriores a la represión de la rebelión conocida como las “Germanías”, dirigiendo con mano de hierro una complicada pacificación posterior.

Sin embargo, su figura ha quedado siempre ensombrecida por la de su antecesora en el lecho conyugal,  la poderosa reina Isabel I de Castilla, siendo la figura de Germana incluso activamente escondida por algunos historiadores en determinados momentos para fomentar la imagen de unión protagonizada por la pareja de Isabel y Fernando.

Sin embargo, pese a lo enormemente interesante que resulta la vida de Germana de Foix, una anécdota sobresale entre todas y es la de su supuesto romance con su nietastro, el emperador Carlos V, del que, según algunos, nacería una niña que sería bautizada con el nombre de Isabel.

Esta historia, que parece sacada de una telenovela, ha hecho preguntarse a muchos si tiene visos de realidad o no. Y en esta ocasión, debemos decir que los documentos que conservamos sí que la sustentan.

Fue principalmente el famoso historiador Manuel Fernández Álvarez el que dio a conocer esta historia. Su principal medio de difusión fue un artículo que publicó este autor en el número 27 de la revista de divulgación “La aventura de la Historia”, que se publicó en 2001.

Este llevaba el sugerente título de “El inconfesable secreto de Carlos V” y en él explicaba algo que ya había apuntado en su libro “Carlos V, el César y el Hombre”, publicado algo antes.

Pero antes de pasar a exponer la teoría de este conocido autor, debemos explicar un poco el contexto en el que se encontraban Germana de Foix y Carlos cuando se vieron por primera vez.

Fernando el Católico murió el 23 de enero de 1516, a los 63 años. Dejaba sus territorios en una situación francamente complicada, con su hija mayor y heredera legítima encerrada en Tordesillas tras haber sido declarada mentalmente inestable años antes y un nieto que todavía no había cumplido los 16 años, que había sido criado en el extranjero y cuyo ascenso al trono muchos veían con mal disimulada desconfianza.

Germana de Foix y Carlos V
La relación amorosa entre Germana de Foix y Carlos V, ¿leyenda o realidad?

Fernando dejó todos sus territorios a su hija Juana quien, pese a su encierro, nunca dejó de ser reina hasta el día de su muerte y, en su nombre, sería su nieto Carlos el que debía asumir el gobierno.

Hasta su llegada, dejó como regente de Castilla al célebre Cardenal Cisneros y, de Aragón, a su hijo Alonso, arzobispo de Zaragoza.

Y, ¿qué ocurrió con Germana tras la muerte de Fernando el Católico? Ciertamente, la situación de la reina viuda estuvo, en un principio, rodeada de incertidumbre. Sin una conexión familiar con el nuevo monarca ni descendientes de su matrimonio que pudieran unirla a su tierra de adopción, Germana quedaba en una situación muy inestable y dependiente prácticamente en exclusiva de que Carlos I cumpliera con los ruegos que le había hecho Fernando el Católico en su testamento para que la cuidase y no le diese la espalda.

Bien es cierto que el rey aragonés trató de dejar asegurado su porvenir económico en su testamento, pero Germana sabía muy bien que ninguna disposición se haría realidad ni cobraría de forma constante ni una sola moneda si no contaba con la ayuda del nuevo monarca.

Muy consciente de que su futuro se encontraba en manos de su nietastro, Germana de Foix se ocupó durante los primeros momentos de su viudez a hacer todo lo posible para hacerse grata a sus ojos.

Así, Germana se retiró de la escena política, negándose a prestar cualquier clase de apoyo a los movimientos que surgieron en ese momento para apoyar otras candidaturas a las coronas de su difunto marido, como el infante Fernando o, incluso, el arzobispo de Zaragoza en la corona de Aragón y que requerían su apoyo por su condición de última reina de este último reino.

Asimismo, Germana comenzó a apuntar que cedería al nuevo monarca todos los supuestos derechos que todavía conservaba sobre el conquistado reino de Navarra, lo que haría finalmente algún tiempo después, en 1518. De esta forma, manteniendo un perfil bajo y comunicándose de forma constante con el nuevo rey a través de cartas, Germana esperó su llegada en el corazón de Castilla.

El encuentro entre ambos se produjo finalmente en Valladolid en noviembre de 1517 y no pudo tener mejores auspicios. El joven rey trató a su abuelastra de veintinueve años con un gran respeto y la rodeó de atenciones. Ella acudió a su jura como rey de Castilla y León que tuvo lugar en esa ciudad y fue testigo junto a él de muchas de las celebraciones que allí se realizaron.

Su relación se fue haciendo cada vez más estrecha. Debemos tener en cuenta que Carlos era un joven que apenas conocía ni las costumbres ni el idioma de sus nuevos reinos y que era tratado con recelo por muchos miembros de la nobleza que se encontraban a su alrededor.

La reina Germana, por su parte, tenía también el francés como lengua materna y el nuevo rey encontró en ella el apoyo de una mujer experimentada tras más de diez años como reina consorte y una figura en la que podía confiar con mucha más facilidad que en muchos otros personajes de su nueva corte.

Pero, ¿se convirtió Germana únicamente en una colaboradora de confianza del nuevo monarca o fue algo más? Aquí es donde entra en juego la exposición que hizo Manuel Fernández Álvarez en los dos textos anteriormente apuntados, pues él defiende que el joven rey se enamoró de su bella y experimentada abuelastra.

El cronista Laurent Vital, citado por este autor, indica que se decía que el futuro emperador se había enamorado de “una dama” de la corte. Vital también indica que Carlos V había mandado construir una suerte de pasadizo o puente cubierto de madera que uniera el palacio del rey y la casa donde vivía la reina Germana.

Si bien la excusa oficial para tal construcción era que se hacía para que tanto el rey como su hermana Leonor (que le había acompañado en su viaje a España) pudieran ir a ver con más comodidad a su abuelastra y viceversa, Vital no se resiste a indicar que tales pasadizos resultaban muy prácticos para los amantes, pues así podían encontrarse sin correr el riesgo de ser vistos por ojos indiscretos.

Sin embargo, no nos quedan testimonios más explícitos de la relación entre Germana y Carlosdurante estos años. Si bien las fuentes hablan de su cercanía, todavía no se han hallado ecos más profundos del escándalo que sin duda se hubiera producido si se hubiera sospechado realmente que Carlos mantenía una relación amorosa con su abuelastra y ésta había terminado quedándose embarazada como consecuencia de ello, algo que difícilmente hubiera podido ocultar.

En todo caso, si dicha relación efectivamente se produjo, se llevó con total discreción y ambos continuaron colaborando estrechamente en los años posteriores.

Germana acompañó a Carlos en su primer viaje a la Corona de Aragón para hacerse jurar allí por las cortes como legítimo rey y su apoyo fue muy importante a la hora de suavizar la difícil relación mantenida entre Carlos y la nobleza aragonesa en los prolegómenos de su ascenso al solio imperial.

De hecho, coyunturalmente, Germana también ayudó a Carlos a conseguir este último objetivo, dado que aceptó casarse en segundas nupcias con Juan de Brandemburgo, vinculado familiarmente con el elector de Brandemburgo cuyo voto Carlos necesitaba para convertirse en emperador.

Germana, virreina de Valencia

En 1523, Germana fue nombrada virreina de Valencia y su marido lugarteniente general de este mismo reino. Juan murió en 1525 y Germana se volvió a casar una tercera vez por conveniencia de su nietastro, en esta ocasión con Fernando de Calabria, continuando en su puesto como gobernante de Valencia hasta su muerte sin hijos legítimos en 1538.

Es a su muerte cuando surgen más pruebas de la existencia de una relación con Carlos V y de que de esta nació una niña de nombre Isabel. En su testamento, lega un collar de 133 perlas gruesas a “Isabel, infanta de Castilla, hija de su Majestad el Emperador, mi señor e hijo”. Este testimonio por sí mismo solo indicaría que Carlos V tendría una hija fuera de su matrimonio con la reina Isabel de Portugal con la que compartiría nombre. Eso en sí mismo no es del todo extraño. Carlos V tuvo varios hijos fuera del matrimonio cuya existencia es de sobra conocida. Sin duda los más célebres fueron Margarita de Parma, gobernadora de los Países Bajos, que nació en 1522 de su relación con Johanna van der Gheynst, y el famoso don Juan de Austria, nacido hacia 1545 de su relación con Bárbara Blomberg.

Pero se sabe que tuvo más y se ha verificado la existencia de al menos otras dos niñas, Juana, que se crió en el convento de Madrigal de las Altas Torres, y Tadea, que vivió en Roma y que llegó a pedir a Felipe II un reconocimiento oficial de su condición de hija del emperador en 1562. Por lo tanto, que el emperador hubiera tenido más hijos cuya existencia está perdida en las brumas de la Historia no resultaría demasiado extraño.

Pero es una carta del tercer marido de Germana, Fernando de Calabria, a Isabel de Portugal, la que indica que la misma Germana era la madre de dicha niña. En esa carta, habla del collar que su difunta esposa había dejado “a la serenísima infanta doña Isabel, su hija”, que según algunos han indicado, podría estar en la corte como dama de la Emperatriz, pero apenas sabemos más de esta elusiva figura.

¿Qué podemos concluir, por tanto, de estos testimonios? Ciertamente, existe documentación que apoya la teoría de que Germana y Carlos mantuvieron una relación amorosa, pero no dejan de ser rumores.

No existe ninguna prueba irrefutable ni de que realmente hubieran tenido una aventura ni de que esa misteriosa Isabel fuera hija de ambos.

Sin duda alguna, cualquier viso de un embarazo por parte de la viuda de Fernando el Católico hubiera producido un gran escándalo y, aunque Germana llevara una vida apartada de la primerísima línea política durante aquellos años, ciertamente era un personaje lo suficientemente importante en la corte del rey Carloscomo para que estuviera constantemente en el punto de mira.

Constantemente vigilados, por muy discretos que fueran, es muy posible que su relación nos hubiera dejado más testimonios escritos que los simples rumores de Vital. Por otro lado, aceptando la hipótesis (que siempre debemos tener presente en cualquier tema histórico) de que existen otros testimonios que apoyen este hecho que todavía no se han encontrado, también debemos decir que tanto el testamento como la carta tampoco son referencias inequívocas al origen de la mencionada Isabel.

Si bien la referencia a su condición de hija del Emperador es clara, no lo es tanto la idea de que también sea hija de Germana.

Fernando de Calabria la llama “su hija”, pero es muy constante en la edad Moderna que se hiciera referencia a diferentes vínculos familiares sin que estos fueran reales desde el punto de vista sanguíneo. De hecho, la misma Germana llamaba “hijo” al propio Emperador, sin que, por supuesto, lo fuera, haciendo lo mismo con la emperatriz y el resto de los hermanos de Carlos V, por citar solo un ejemplo. Por lo tanto, la frase de “su hija” debe tenerse en cuenta, pero también ha de ser tomada con cierto grado de precaución.

Pero, para concluir, hay que decir que existen visos de que esta relación pudo ser real. Los documentos a los que hemos hecho referencia aquí, así como los trabajos citados, han hecho pensar a los historiadores que este episodio realmente ocurrió.

Por lo tanto, sí podemos decir que existen pruebas de que un día, el que todavía era un joven e inexperto Carlos V encontró quizá más apoyo del que pensaba en la compañía de su fascinante abuelastra, Germana de Foix.

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