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La atracción fatal de Cleopatra

29 Diciembre, 2016  —  Por

Cómo Era Realmente Cleopatra

Cleopatra fue la última faraona nativa de Egipto. Mucho más que eso, la más famosa soberana del mundo antiguo se convirtió en toda una leyenda que trascendería la historia, a la que ha pasado como la personificación de la mujer ambiciosa, bella e instruida, manipuladora y ardiente a un tiempo, tentadora y portadora de muerte.

PERO ¿QUÉ TENÍA CLEOPATRA?

Resulta curiosísimo que se desconozca su aspecto real.

Se ha venido apuntado que podría haber tenido sobrepeso, la nariz grande, haber sido griega, egipcia, negra o una mezcla de las tres… poco se sabe a ciencia cierta.

Su apariencia no debía de ser espectacular (hecho que parece sorprender hoy día), sin embargo, poseía un atractivo cautivador que desarmaba a quienes la conocían, y eso sí es historia.

Su inteligencia, viveza y deslumbrante conversación(dominaba fluidamente varias lenguas), su instinto y su sensualidad, tan sobresalientes, la convertían en una mujer irresistible.

Evoquémosla a través de la magnífica descripción que Plutarco hace de ella:

“Se pretende que su belleza, considerada en sí misma, no era tan incomparable como para causar asombro y admiración, pero su trato era tal, que resultaba imposible resistirse.

Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un aguijón que penetraba hasta lo más vivo.

La voluptuosidad y las artes amatorias de Cleopatra

Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en el son de su voz que su lengua era como un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía, como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje; Platón reconoce cuatro tipos de halagos, pero ella tenía mil.”

Cleopatra VII nació en el 69 a. C. 

A los 19 años ascendió al trono tras casarse, como era costumbre entre faraones, con su hermano Ptolomeo XIII, que contaba con sólo 10 años de edad.

La situación por aquellos años era incierta: Roma era una fuerza en expansión, Egipto seguía siendo poderosa.

De una parte el general romano Julio César llegaba a Egipto persiguiendo a su rival Pompeyo, que moría a manos de Ptolomeo.

La atracción fatal de Cleopatra
Cleopatra es Elisabeth Taylor, o viceversa

Por el lado egipcio, Cleopatra era expulsada por su fraternal marido, aunque ésta se las arregló con gran arrojo (enrollada en una alfombra) para encontrarse con Julio César, seducirle, y así salvaguardar tanto su trono como su primacía en Egipto.

La situación interna se apaciguó diplomáticamente,  aunque lo cierto es que la alianza política y carnal entre César y Cleopatra tuvo que enfrentarse a la oposición (a veces armada) de Ptolomeo XIII, primero, y del XIV después (también era marido y hermano). Desgraciadamente, en una de las luchas se quemaría la Biblioteca de la ciudad de Alejandría.

Cleopatra y Marco Antonio
Cleopatra y Marco Antonio, Elisabeth Taylor y Richard Burton

Mucho se podría decir del sexo como arma política, desde luego Cleopatra dominaba con maestría las llamadas pomposamente artes amatorias.

César había caído en las redes de Cleopatra y no podía prescindir de ella ni cuando viajaba a Roma junto al hijo que ambos habían tenido, conocido con el nombre de Cesarión.

Ella sabía jugar muy bien sus cartas y nada escapaba a su voluntad y ambición. Fue su gran época.

No obstante, en el 44 a. C., César moría asesinado en la conocida conjura del Senado y la faraona hubo de abandonar una tierra que la miraba con desconfianza.
Ya en su amada patria, Cleopatra se encontró un Egipto descuidado y levantisco.

Para afianzar su poder, no tardó en envenenar a su hermano-marido Ptolomeo XIV y situó a su Cesarión de corregente. En Roma, el triunvirato de Octavio, Marco Antonio y Lépido devenía en una guerra civil.

Cleopatra accedió a reunirse con Marco Antonio y acudió en su ostentosa embarcación real vestida a guisa de Afrodita, así, cual diosa del amor carnal supo enamorar perdidamente al militar romano.

El romance transcurrió envuelto en lujos y derroches sin igual hasta que Antonio tuvo que regresar a Roma, donde se casó con una hermana del difunto Julio César.

Pero, incapaz de olvidarla, Plutarco dice de él que parecía como embrujado, regresó cuatro años después a Egipto para unirse a su amada Cleopatra, que había dado a luz gemelos.

La pasión entre Antonio y Cleopatra, su vida disipada y licenciosa, comenzaba a amenazar seriamente sus intereses políticos y a tornarse autodestructivo.

No era sólo que no fuera bien visto por Octavio y los seguidores del triunvirato en Roma, era que Antonio decidiera repudiar a su esposa romana, que tratase de trasladar la capital a Alejandría, que quisiera fundar su propia dinastía allí.

La voluntad de Cleopatra parece ocultarse detrás de todas estas decisiones, ella que quería la pervivencia de un Egipto independiente y que siempre veló por sus intereses dinásticos y los de sus hijos. Sin duda, fue la última gran antirromana, y como tal, desde la ciudad eterna se la acusaba de crueldad, incesto, lujuria y brujería (se sabe que poseía cientos de medicinas y cosméticos), entre otras muchas inmoralidades que han pasado a la historia.

Roma le declara la Guerra a Egipto

Ya no había marcha atrás. La guerra estaba servida y Roma la declaraba a Egipto y a Marco Antonio en el año 32 a. C.

En la batalla naval de Actium, la flota de Cleopatra huyó y tras ella Antonio, como siempre, aunque esta vez abandonando a sus hombres.

Hecho vergonzoso y traumático, antesala de la tragedia que habría de precipitarse cuando Antonio, creyendo muerta a su amada, se arrojaba sobre su espada.

Cleopatra se reunió entonces con Octavio, cuya frialdad le inmunizaba contra ella y su poder de seducción, de hecho, pretendía pasearla por toda Roma en el desfile del triunfo para regocijo de un pueblo que la odiaba.

La última voluntad de Cleopatra

En vista de su desdichado destino, y el de sus hijos, decidió quitarse la vida en el verano del año 30, dicen las versiones más atractivas que de la mordedura de un áspid, pidiendo como última voluntad ser enterrada junto a Marco Antonio.

La tumba, desde luego, no ha caído en el olvido aunque sí su ubicación, pues se desconoce su paradero.

Cleopatra En El Cineelizabeth-taylor-es-cleopatra2

El legado de Cleopatra, su mito, es tan inmortal que ha excitado las mentes creativas de todas las épocas y puede rastrearse en pinturas, esculturas, relatos románticos, pinturas, anuncios de televisión y, por supuesto, películas de cine.

Mención especial para la que rodó en 1963 Mankiewicz con la espléndida (aunque poco apropiada) Elizabeth Taylor y Richard Burtoncomo pareja protagonista. Calificada como la película que cambió Hollywood, fue una superproducción costosísima, agotadora, caótica, aunque fascinante.

Decía Casio que Cleopatra suscitaba amor igual entre jóvenes que entre ancianos. Sus dos grandes amores fueron dos hombres contrapuestos: Julio César, hombre maduro de cualidades extraordinarias: genial militar y estratega, literato, estadista.

Marco Antonio, joven bravo soldado, audaz, bebedor y extrovertido.

Ambos habían tenido innumerables amantes y, aún así, cayeron hechizados bajo su influjo, uno que lánguidamente les abocó a la muerte. Presos de la atracción fatal de Cleopatra.

El genial Shakespeare, en el acto segundo de Antonio y Cleopatra, la imaginó así:

La edad no puede marchitarla,
ni la costumbre agotar su infinita variedad:
otras mujeres sacian los apetitos que despiertan,
pero ella da más hambre a quien más satisface.

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