Como Maupassant, sitúa a los masones y a la Compañía de Jesús como las dos caras de una misma moneda, de una farsa ontológica sofista. Resaltó la debilidad de la fe masónica cuyo protagonista abjuró con no mucha dificultad y la hipocresia de los sacerdotes que desvelaron, al instante, las confesiones, hasta el punto de publicarlas en los diarios como fue el caso con la confesión-abjuración de este masón curado por los rezos. La novela no cuenta con un contrapeso argumental que defienda algún aspecto de la masonería o de los masones. En ese sentido, y dado la sensibilidad de las masonerías en relación con las informaciones emitidas sobre ellas, no sería descabellado afirmar que esta obra alberga una sustancia antimasónica, personal, de André Gide.
Un admirador de este último autor y de Maupassant, premio nobel de Literatura, ha utilizado el componente antimasónico en una de las obras más estelares del siglo XX. Se trata de Thomas Mann, escritor alemán, que en su obra La Montaña Mágica
, dedicó una escena a la masonería. Frente a una obra de tal calado filosófico, ontológico, político, social, económico, cultural, artístico tan representativa de una época, burguesa como insistía el propio autor
, los lectores más estudiosos ansián conocer en qué momento de la historia o con qué personaje se identifican los pensamientos y rasgos personales del escritor. Según las sensibilidades y el contexto histórico propio del estudioso, éste verá lo que otros no ven. Incluso es tan magnifica la calidad de esta obra que, según mi sensibilidad y mi contexto histórico, parece que lo genuino de Thomas Mann está difuminado entre todos los personajes y escenas. Además del protagonista del relato, Hans Castorp, un joven que va a pasar una estancia en un sanatorio situado en las montañas suizas, están, por un lado, Settembrini, un liberal y masón, y por el otro, Naphta, un jesuita populista autoritario. ¿Quién era Mann? ¿Castorp, Settembrini con el que le identifican la mayoría de los estudios o Naphta? Este planteamiento es demasiado simplista para lo sui géneris de la obra, pensando, modestamente, que Thomas Mann no describió un planteamiento cerrado sino las reflexiones que, en algún momento, de su vida le han llevado hacia posturas que Settembrini y Naphta desarrollan dogmáticamente en esta historia. ¡O a lo mejor, no! Los artistas enseñan y esconden con la misma facilidad su intimo pensamiento.
El 10 de mayo de 1939, quince años después de su publicación, durante su exilio por no comulgar con el nazismo, el autor ofreció una conferencia a unos estudiantes de la Universidad estadounidense de Princeton
en la que perfiló a Settembrini como ese parlanchín racionalista y humanista que no pasa de ser un personaje más, un personaje humorístico que despierta simpatías, aunque a veces también sea portavoz del autor, aunque no el propio autor.
Durante su exposición mantuvo, como se puede apreciar en la cita anterior, un velo de misterio que le impidió, al igual que Hans Castorp en La Montaña Mágica, tomar partido de manera tajante, siempre dispuesto a escuchar más y diversas opiniones.
Por consiguiente, el autor cuyo comportamiento tolerante se basaba en el respecto más absoluto de la libertad de expresión, curioso de nuevas opiniones, reservó una escena a las reflexiones de ambos bandos, el masón y el antimasón de tipo religioso (pp.701-717), a través de la cual se criticaba, Thomas Mann, los personajes o ambos, la pérdida de los principios y objetivos iniciales de los masones del siglo XVIII, asemejados con los de la Iglesia de cuyos ritos proceden los altos grados escoceses (p.708), convertidos en un espíritu burgués bajo la forma de un Círculo, ¡Cultura y fortuna, ésa es la burguesía! (p.709), comparando el hermetismo de la masonería al de vulgares organizaciones de estudiantes de la época (p.711), puntualizando que la idea masónica no ha sido nunca apolítica (p.712). Incluso reservó unas pinceladas a las logias españolas, teniendo claro que han tenido, desde su origen, una orientación política (p.712).
¿Por qué puede considerarse que Thomas Mann, expresó en esta obra, un cierto antimasonismo? Un artista puede para decir lo que piensa contar lo contrario, según el nivel de ironía, de sarcasmo que quiere inferir a la historia, o simplemente para evitar algún tipo de censura. No parece que sea aquí el caso porque -dado la tolerancia de opiniones que manejó el autor en todas las escenas- no equilibró el pro y el contra, siendo sobre todo esta segunda opción la que más desarrolló. El personaje que hace de masón en la obra, Settembrini, tiene posturas intelectuales, por no decir políticas o filosóficas, que se asemejan a las del principal protagonista y/o del propio autor, pero no en su totalidad. En la escena en la que es retratada la masonería, el autor presenta un rasgo diferenciador entre liberales. Las descripciones de Settembrini sobre la Masonería le resultaron, a Castorp, muy pobres, por limitarse a citar el número de afiliados y de logias en el mundo y a ciertos célebres profanos masones como Voltaire,Washington y Garibaldi.
El escritor muestra estar bien informado sobre algunas posturas masónicas como la eliminación por parte del Gran Oriente de Francia de la obligatoriedad de creer en Dios para ser masón (p.713), como contestación a la reiterada pregunta de Castorp sobre si los masones debían creer en Dios. A su vez, Castorp exclamó : ¡Qué cosa más católica! (p.713). Es obvio que Thomas Mann en algún momento de su vida reflexionó, se interesó, a la cuestión masónica, pues, no era habitual, que se contestará con una exclamación tan desconcertante y que proseguiría explicando de una forma excepcional para la época y más allá :
He tenido un instante la impresión de que el ateísmo era enormemente católico, y que se borra a Dios para poder ser mejores católicos (p.713).
Settembrini enseña a Castorp una carta del que fue realmente Gran Maestre de la Gran Logia Suiza Alpina entre 1900 y 1905, Eduardo Quartier de la Tente (1855-1924), quien destacó en la Historia de la Masonería por ser uno de los mayores promotores de la creación de una Internacional masónica, llamada “Bureau International de Relations Maçonniques” cuyo objetivo era ser un enlace de información entre todas las Obediencias del mundo, órgano que en los años 20 se transformaría en Asociación Masónica Internacional cuya sede estaba en Ginebra. A partir de esta escena, Thomas Mann, utilizó en el transcurso de la historia, en alguna ocasión, el término el francmasón como sinónimo de Settembrini.
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Esta cita y las dos siguientes son traducciones del autor.
Ferrer Benimeli, José A. (1982) : La masonería en los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. Fundación Universitaria Española, Madrid.
Martínez Vigil, Ramón (1892) : La Creación, la Redención y la Iglesia ante la ciencia, la crítica y el racionalismo, Tomo II, Imp. y Lit. De los Huérfanos, Madrid, p.368
Todas las citas se refieren a la siguiente edición : Thomas Mann (2001) : La Montaña Mágica, Edhasa, Barcelona. Como complemento, la opinión desarrollada y resumida en el título de unos apuntes del historiador Gabriel Jackson sobre “La Montaña Mágica como novela política”, en Revista del Centro de Estudios Constitucionales nº5, 1990, pp. 125-134. El 30 de septiembre de 1973 se publicó en el periódico Neue Zürcher Zeitung de Zurich, el artículo “Thomas Mann und die Freimaurerei” por Von Klaus Urner.
Mann, Thomas (1990) : Sobre mí mismo. La experiencia alemana, Ediciones Paradigma, Barcelona
Se puede consultar en http://www.revistaoxigen.com/Menus/Recursos/7montana_magica.htm
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