Memorias de la casa muerta. Fiodor M. Dostoievski
Por Daniel García García

Solamente un genio de la literatura como Fiódor Dostoievski podría haber titulado de una forma tan sugerente la obra en la que relata sus experiencias en presidio.
Memorias de la casa muerta, publicada a partir de 1860, es sin duda uno de los primeros y mejores ejemplos del género que podríamos denominar “carcelario” y que tuvo gran influencia en la obra maestra de Alexánder Solzhenitsyn Archipiélago Gulag.
Presidio
El autor, Fiódor Dostoievski, fue condenado en 1849 a ocho años de trabajos forzados en la estepa siberiana acusado de crímenes contra la seguridad del Estado. Realmente él, junto a los veintisiete jóvenes intelectuales del llamado Círculo de Petrashevski, habían divulgado la carta crítica de Bielinski contra el régimen zarista, es decir, se trataba de un crimen literario, o ideológico más bien, ya que en las tertulias del Círculo se difundían ideas del socialismo utópico y del comunismo.
A su salida, y tras un periodo de censura, no tardó en recopilar todos sus recuerdos y escritos para conformar esta excepcional obra autobiográfica, aunque novelada cervantinamente a través de un alter ego llamado Alexánder Petróvich Goriánchikov.
La obra
Memorias de la casa muerta es considerada una obra mayor de Dostoievski: aúna en una admirable polifonía el ensayo, la autobiografía y la ficción. La perspicacia de Dostoievki se muestra al ensamblar dentro de la obra un informe preciso muy crítico con la organización de la justicia y del sistema penitenciario ruso, acompañado con una breve reflexión sobre el crimen y el castigo (precedente de lo que se expondría después en Crimen y castigo), la psicología criminal, el bien y el mal, la violencia y, en definitiva, el alma humana.
El punto de vista de la obra es, en palabras de Lev Tolstói, sincero, natural y cristiano, sin artificios, por lo que su belleza radica en el conjunto. Dostoievki aspira y consigue presentar un fresco nítido e intenso de todo el presidio y de todo lo que vivió en él durante esos años. Para ello no sigue un orden cronológico sino que opta por un orden más emocional que racional, se guía de manera fragmentaria, y con abundantes digresiones, por sus recuerdos e impresiones en las descripciones de los presos, los carceleros, las soporíferas rutinas... Cual espejo del estado de ánimo del autor, se alterna el optimismo ocasional con el pesimismo y la soledad generales, provocadas en gran medida por el hecho pertenecer a la nobleza y no ser por tanto un igual a sus compañeros de presidio. Es esto precisamente lo más interesante de la obra, su compleja y edificante humanidad: aunque el sentimiento dominante es el de profundo aborrecimiento de su pena, de los otros presos y del presidio en general, ocasionalmente aparecen destellos de honda humanidad, de conversión, de tiernas y extrañas amistades y de sencillos acontecimientos.

Su experiencia
Obviamente, la experiencia en el presidio de Omsk marcó profundamente a Dostoievski, en este sentido el castigo impuesto logró la plena exorcización de sus ideales socialistas (criticados de forma demoledora en Memorias del subsuelo) y marcó, a modo de línea divisoria de aguas, el inicio de su madurez intelectual y literaria. No cabe duda de que el autor profundizó en el conocimiento del alma del pueblo ruso, de la que se convertiría en gran conocedor, pero sin olvidarse de la propia. Dostoievski se examinó a conciencia en prisión (aunque en la obra apenas se refiera ese proceso) y de su estancia en la “casa muerta”, más que resurgir, se puede afirmar que resucitó, cerrando de ese modo el círculo alegórico de la obra que se inicia con el título.
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