DecoShop

Los hijos ilegítimos de Fernando el Católico: entre la Corona y la Iglesia

Por Rocío Martínez Rocio Martinez
Aunque la idea de que el enlace de los Reyes Católicos fue un matrimonio por amor está enormemente extendida, es un hecho que su unión estuvo motivada por razones políticas. La entonces princesa Isabel, imbuida en luchas nobiliarias por ser reconocida como la legítima heredera de Enrique IV en detrimento de la princesa Juana, necesitaba el apoyo internacional que le podía ofrecer la Corona de Aragón, mientras que Juan II de Aragón, el padre de Fernando y uno de los grandes defensores de esta unión, deseaba unir los territorios de Castilla a su dinastía.

Reyes Católicos

Isabel y Fernando, los Reyes Católicos

Aunque el matrimonio fue un gran éxito en muchos ámbitos, su relación personal fue enormemente tormentosa, tanto por razones políticas como sentimentales. Y una de las razones más comunes de sus disputas fueron las frecuentes infidelidades de Fernando, que en muchas ocasiones tuvieron como consecuencia el nacimiento de diversos hijos bastardos.

El monarca se hizo cargo de varios de estos descendientes, que legitimó ante la ira de Isabel, que veía hecha pública su humillación como esposa con el reconocimiento de la existencia de estos bastardos reales, algunos de los cuales llegaron a desempeñar puestos muy importantes dentro del reino de su padre. La práctica totalidad de los hijos bastardos de Fernando fueron vinculados, desde una edad muy temprana, a la Iglesia.

Dentro de la ideología de la España de la época, el nacimiento de un hijo fuera del matrimonio se consideraba una muestra viviente del pecado cometido por los padres, que muchas veces buscaba redimirse entregando a ese hijo o hija “del pecado” a una vida eclesiástica, que además les permitía mantener una forma de vida honrosa y alcanzar unas altísimas cotas de poder.  Sin embargo, esta norma no era uniforme y, en ocasiones, especialmente cuando la madre era también de origen noble, dichos descendientes podían vivir una vida seglar, generalmente disfrutando de algunos títulos nobiliarios y casándose con elementos poderosos del reino de su padre, que les permitiría disfrutar de una gran importancia en el terreno político como hijos del monarca..

Cuatro son los hijos ilegítimos de Fernando el Católico de los que tenemos noticia, aunque es posible que tuviera más, cuya identidad no ha llegado hasta nosotros. Los que conocemos son los siguientes:

Alfonso de Aragón

Alfonso de Aragón

(1470-1520): Fue el primer hijo natural de Fernando el Católico y, sin duda, el más importante de todos los que tendría posteriormente. Nacido poco después de su matrimonio con Isabel, su madre fue Aldonza Ruiz de Ivorra, una noble catalana que llegaría a casarse posteriormente con Francisco Galcerán Castro y de Pinós, VII conde de Ebol y de Canet.

Aunque se suele defender que la relación de Fernando con Aldonza fue anterior a su matrimonio, la fecha del nacimiento de su primer hijo en común contradice este extremo, pues en 1470 los que llegarían a ser los Reyes Católicos ya estaban casados y ese mismo año nacería también su primera hija, la princesa Isabel. Fernando protegió y cuidó siempre a Alfonso, que fue uno de sus hijos más queridos. Vinculado desde temprana edad a los estamentos eclesiásticos de la Corona de Aragón, que habían estado tradicionalmente dominados por personajes de la familia real, llegó a ser arzobispo de Zaragoza, pero destacó por la importancia política que tuvo junto a su padre, del que fue colaborador muy cercano y, en muchas ocasiones, también consejero político.

Las frecuentes ausencias de Fernando de los distintos territorios de la Corona de Aragón hacían necesaria la presencia constante en esos reinos de un personaje de sangre real de su plena confianza, que pudiera actuar en su representación, pusiera en práctica sus designios y controlara a las distintas facciones nobiliarias en su ausencia. Alfonso representó este papel con gran acierto y su importancia política aumentó enormemente con el paso del tiempo, especialmente después de la muerte del único hijo varón legítimo del monarca, don Juan, en 1497.


Se debe recordar que las leyes sucesorias de Aragón en aquel momento vetaban el acceso de las mujeres al trono, aunque se permitía que ellas transmitieran sus derechos a sus descendientes varones. Asimismo, había una importante facción dentro de la nobleza aragonesa que se oponía a una unión permanente con Castilla y que vio en Alfonso, criado en Aragón y formado en la política y los usos del reino, un candidato ideal para suceder a Fernando en el momento de su muerte. Aunque Fernando el Católico no apoyó la candidatura de su hijo al trono, defendiendo los derechos de sus hijas a su trono y consiguiendo, finalmente, que fueran reconocidas como sus sucesoras en sus territorios, no dejó de confiar en su hijo para las tareas de gobierno de la máxima importancia. En 1507 fue nombrado por su padre como lugarteniente general del reino de Nápoles después de los conflictos que le habían enfrentado con Gonzalo Fernández de Córdoba, el famoso “Gran Capitán” y también mandó las tropas que llevaron a la conquista del reino de Navarra en 1512.

Finalmente, en su testamento, Fernando le dio la última muestra de su confianza: le nombró Lugarteniente del Reino de Aragón y gobernante de todos los territorios de su Corona, con el mandato de gobernarlos y proteger los derechos que a su sucesión tenían su hija Juana y su nieto, Carlos, hasta la llegada a la península de este último.

Alfonso contaba con el apoyo de una gran parte de la nobleza aragonesa, que prefería a un rey que había sido criado y educado en sus costumbres, por lo que Alfonso gozaría de importantes oportunidades para luchar por hacerse con el trono de su padre. Pero Alfonso cumplió con la misión que le había encomendado su padre, manteniendo bajo su control la Corona aragonesa, hasta 1518, cuando el joven Carlos pasó a jurar los fueros de los distintos reinos de la Corona de Aragón como nuevo rey. Carlos recompensaría la fidelidad de su tío nombrándole virrey en su ausencia hasta su muerte, en 1520, dejando su puesto como arzobispo de Zaragoza al mayor de los siete hijos que tuvo con Ana de Gurrea, con la que nunca se pudo casar por su condición eclesiástica, pero con la que mantuvo una relación bien conocida durante más de veinte años.

Juana, condesa de Haro

Juana nació también de la unión de Fernando con Aldonza, siendo así hermana de padre y madre de Alfonso. Al contrario de lo que solía ser habitual para las mujeres nacidas de matrimonios ilegítimos en aquella época, Juana no fue internada en un convento desde su más tierna infancia, sino que fue criada con la familia de su madre. Cuando llegó a la edad adulta, su matrimonio con el poderoso condestable de Castilla Bernardino Fernández de Velasco y Mendoza sirvió a su padre para asegurar la fidelidad de esta familia a su causa durante su enfrentamiento con Felipe “el Hermoso” y durante el peligroso periodo de su regencia en Castilla en nombre de su hija Juana hasta su muerte. Aparte de esto, solo sabemos de ella que tuvo una hija, Juliana, nacida en 1509, pero se desconoce la fecha de su muerte.

Las Dos MaríasLas dos Marías

Con este nombre se conoce a las dos hijas de Fernando el Católico, que tuvo también durante su matrimonio con Isabel, que compartían en el mismo nombre y que fueron internadas en el convento de Nuestra Señora de Gracia el Real del pueblo de Madrigal de las Altas Torres, donde fueron religiosas toda su vida.

A diferencia de sus hermanos, no supieron hasta su edad adulta que eran hijas del rey, aunque este se encargó de su manutención y de asegurarles un alto nivel de vida,

Ambas llegaron a ser abadesas de la comunidad, consiguiendo con ello un importante poder económico como responsable de los medios económicos del convento y administradora de sus numerosas tierras, así como un importante poder como responsable del que era uno de los conventos más importantes de Castilla, nombrando además el rey Fernando a María como abadesa del monasterio de Pedralbes, para extender la reforma conventual a tierras aragonesas.

Asimismo, ambas tuvieron un cercano contacto con su sobrino Carlos, que las fue a visitar y con las que mantuvo una destacada correspondencia. La confianza que tenía en ellas llevó a Carlos a dejar bajo su tutela a Juana, una de sus hijas ilegítimas, que murió en su infancia y a proporcionar al convento importantes prebendas, como la cesión del cercano palacio de Juan II donde había nacido, precisamente, Isabel la Católica, para su uso y disfrute.





Descárgate gratis nuestra revista. 48 páginas.
Reportajes ¡muy interesantes!


newsletter

Escribe tu correo electrónico y te enviaremos nuestros nuevos artículos: