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John Keats, Epítome del joven poeta condenado al fracaso (1795-1821)
Por Ana Bladovski


A pesar de su prematura muerte producida a la edad de 25 años, John Keats está considerado, aún en el siglo XXI, como uno de los más grandes poetas ingleses y una singular figura clave en el movimiento romántico. De alguna manera, de él nos queda el semblante del joven poeta, condenado al fracaso.

John Keats nació el 31 de octubre 1795 en Londres. Su padre trabajó en una caballeriza, y murió en 1804, cuando John apenas contaba con nueve años de edad. Su madre se volvió a casar, aunque murió de tuberculosis en 1810.

Keats fue educado en una escuela de Enfield. Al concluir esos primeros estudios, a los 16 años, comenzó a trabajar como aprendiz de un cirujano. Escribió sus primeros poemas en 1814. Dos años después, abandonó la medicina para concentrarse en la poesía. Su primer volumen de poesía se publicó al año siguiente.
Fanny Brawne
En 1818, tal y como ocurriera con su madre, su hermano Tom contrajo la tuberculosis, John se dedicó a sus cuidados. Tom murió en diciembre y Keats se trasladó a casa de su amigo Charles Brown en Hampstead. Allí conoció y se enamoró profundamente de Fanny Brawne, una vecina del nuevo domicilio que contaba en ese momento con dieciocho años de edad, y de la que podemos ver una imagen a la derecha.

Este fue el inicio del periodo más creativo de Keats. Escribió, entre otros, 'La víspera de Santa Inés', 'La Bella Dama de Sin Piedad', 'Oda a un ruiseñor' (
que se pueden leer al final de este artículo) #Poemas)* y 'Al otoño'.

El grupo de cinco odas, que incluyen la "'Oda a un ruiseñor', se encuentran entre los más grandes poemas breves escritos en idioma Inglés.

A partir del mes de septiembre de 1819, Keats apenas produjo más poesía. Sus dificultades financieras comenzaron a ser serias. Se comprometió formalmente con Fanny Brawne, pero sin dinero, pocas posibilidades tenía el enlace de llegar a buen término.

A principios de 1820 Keats comenzó a mostrar los síntomas de la tuberculosis. Su segundo volumen de poesía fue publicado en julio, pero él estaba ya muy enfermo. En septiembre, Keats y su amigo Joseph Severn viajaron, buscando un clima más cálido, hasta Italia, con la esperanza de que esto mejoraría la salud de Keats.

Cuando llegaron a Roma, Keats fue confinado a la cama
. Severn lo cuidó con devoción, pero la enfermedad se impuso y Keats murió en Roma el 23 de febrero de 1821.

Fue enterrado en el cementerio protestante de la capital italiana.


firma de John Keats


Carta de John Keats dirigida a John Taylor en la que nos muestra su idea de la poesía (27 de febrero de 1818)


En Poesía tengo unos cuantos axiomas, y verá cuán lejos estoy de su centro. Creo que la poesía debe sorprender por un exceso fino y no por singularidad -debe parecer al lector como una redacción de sus pensamientos más íntimos, y parecer casi un recuerdo- Sus toques de belleza nunca debe estar a medio camino (...) Que si la poesía no es tan natural como las hojas de un árbol es mejor que nunca hubiera existido.


La belle dame sans merci. La bella dama sin piedad. 1820


¡Oh! ¿Qué pena te acosa, caballero en armas, vagabundo pálido y solitario?
Las flores del lago están marchitas; y los pájaros callan.

¡Oh! ¿Por qué sufres, caballero en armas, tan maliciento y dolorido?
La ardilla ha llenado su granero y la mies ya fue guardada.

Un lirio veo en tu frente, bañada por la angustia y la lluvia de la fiebre,
y en tus mejillas una rosa sufriente, también mustia antes de su tiempo.

Una dama encontré en la pradera, de belleza consumada, bella como una hija de las hadas; largos eran sus cabellos, su pie ligero, sus ojos hechiceros.

Tejí una corona para su cabeza, y brazaletes y un cinturón perfumado.
Ella me miró como si me amase, y dejó oír un dulce plañido.

Yo la subí a mi dócil corcel, y nada fuera de ella vieron mis ojos aquel día;
pues sentada en la silla cantaba una melodía de hadas.

Ella me reveló raíces de delicados sabores, y miel silvestre y rocío celestial,
y sin duda en su lengua extraña me decía: Te amo.

Me llevó a su gruta encantada, y allí lloró y suspiró tristemente;
allí cerré yo sus ojos hechiceros con mis labios. Ella me hizo dormir con sus caricias y allí soñé.

(¡Ah, pobre de mí!) el último sueño que he soñado sobre la falda helada de la montaña. Ví pálidos reyes, y también princesas, y blancos guerreros, blancos como la muerte;

y todos ellos exclamaban: ¡La belle dame sans merci te ha hecho su esclavo!
Y ví en la sombra sus labios fríos abrirse en terrible anticipación;

y he aquí que desperté, y me encontré en la falda helada de la montaña. Esa es la causa por la que vago, errabundo, pálido y solitario; aunque las flores del lago estén marchitas, y los pájaros callen.


Oda a un Ruiseñor. 1819

Me duele el corazón y aqueja un soñoliento
torpor a mis sentidos, cual si hubiera bebido
cicuta o apurado algún fuerte narcótico
ahora mismo, y me hundiese en el Leteo:
no porque sienta envidia de tu sino feliz,
sino por excesiva ventura en tu ventura,
tú que, Dríada alada de los árboles,
en alguna maraña melodiosa de los verdes hayales
y las sombras sin cuento, a plena voz le cantas al estío.


¡Oh! ¡Quién me diera un sorbo de vino, largo tiempo
refrescado en la tierra profunda,
sabiendo a Flora y a los campos verdes,
a danza y canción provenzal y a soleada alegría!
¡Quién un vaso me diera del Sur cálido,
colmado de hipocrás rosado y verdadero,
con bullir en su borde de enlazadas burbujas
y mi boca de púrpura teñida; beber y, sin ser visto,
abandonar el mundo y perderme contigo en las sombras del bosque!


A lo lejos perderme, disiparme, olvidar lo que entre ramas no supiste nunca: la fatiga, la fiebre y el enojo de donde, uno a otro, los hombres, en su gemir, se escuchan, y sacude el temblor postreras canas tristes; donde la juventud, flaca y pálida, muere; donde, sólo al pensar, nos llenan la tristeza y esas desesperanzas con párpados de plomo; donde sus ojos claros no guarda la hermosura sin que, ya al otro día, los nuble un amor nuevo.


¡Perderme lejos, lejos! Pues volaré contigo,
no en el carro de Baco y con sus leopardos,
sino en las invisibles alas de la Poesía,
aunque la mente obtusa vacile y se detenga.
¡Contigo ya! Tierna es la noche
y tal vez en su trono esté la Luna Reina
y, en torno, aquel enjambre de estrellas, de sus Hadas;
pero aquí no hay más luces
que las que exhala el cielo con sus brisas, por ramas
sombrías y senderos serpenteantes, musgosos.


Entre sombras escucho; y si yo tantas veces
casi me enamoré de la apacible Muerte
y le di dulces nombres en versos pensativos,
para que se llevara por los aires mi aliento
tranquilo; más que nunca morir parece amable,
extinguirse sin pena, a medianoche,
en tanto tú derramas toda el alma
en ese arrobamiento.
Cantarías aún, mas ya no te oiría:
para tu canto fúnebre sería tierra y hierba.


Pero tú no naciste para la muerte, ¡oh, pájaro inmortal!
No habrá gentes hambrientas que te humillen;
la voz que oigo esta noche pasajera, fue oída
por el emperador, antaño, y por el rústico;
tal vez el mismo canto llegó al corazón triste
de Ruth, cuando, sintiendo nostalgia de su tierra,
por las extrañas mieses se detuvo, llorando;
el mismo que hechizara a menudo los mágicos
ventanales, abiertos sobre espumas de mares
azarosos, en tierras de hadas y de olvido.


¡De olvido! Esa palabra, como campana, dobla
y me aleja de ti, hacia mis soledades.
¡Adiós! La fantasía no alucina tan bien
como la fama reza, elfo de engaño.
¡Adiós, adiós! Doliente, ya tu himno se apaga
más allá de esos prados, sobre el callado arroyo,
por encima del monte, y luego se sepulta
entre avenidas del vecino valle.
¿Era visión o sueño?
Se fue ya aquella música. ¿Despierto? ¿Estoy dormido?



 

 


 

 

 

 

 


 
 
 
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