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Los inicios de la Publicidad
La Publicidad “Moderna”
La publicidad es una consecuencia más del complejo proceso de modernización que vivieron las sociedades occidentales, rodeadas por un sinfín de revoluciones que alcanzaron todos los órdenes de la vida. En la política se inicia con el triunfo de políticas liberales de Adam Smith, pero la “revolución” también fue social y técnica, y también económica, por las novedosas mejoras e innovaciones que en la finanzas de la economía global se fueron sucediendo. Ejemplo de esto sería la generalización del crédito, algo que ahora es normal en nuestras vidas.
En lo cultural, las grandes masas de personas que se mueven del campo a la ciudad, comienzan a alfabetizarse, y muestran deseos por tener acceso al ocio y la cultura, siendo un producto de consumo. Los avances técnicos, por último, alteraron el paisaje de la sociedad. En el siglo XVIII surge en Inglaterra la máquina de vapor, un elemento que contribuiría a que se congeniaran las maquinarias necesarias para la producción en cadena de libros o periódicos, por ejemplo.
Famosos en los anuncios.
La utilización de la imagen de personajes populares en publicidad no es algo novedoso, ni reciente. En los comienzos, hubo un tiempo en que los famosos a los que se admiraba no eran actores o actrices del celuloide o personajes del mundo de la farándula o la canción, sino sabios y filósofos.
Voltaire. La Ilustración, también conocida como “El Siglo de las Luces”, fue un periodo que se vivió tanto en Europa como en América. En ambos continentes se llegó a la conclusión de que por fin llegaba un siglo, el XVIII, en el que llegaba la luz, después de oscuros siglos basados en la ausencia de razón, ciencia y respeto por la Humanidad.
Los “ilustrados”, aquellos hombres que promovieron el progreso del estudio y la ciencia en el mundo, solían reunirse en cafés, que ponían de moda. Voltaire, uno de los más conocidos filósofos de esta selecta elite, posa comenzando a saborear un café humeante, en un cartel de 1.857.
Rosseau. Las galerías de moda “Des Halles”, palabras que dan nombre a un moderno centro comercial parisino, utilizaron la imagen de Rousseau, el filósofo, escritor y teórico político y social de la Ilustración y de la Revolución Francesa.
Rousseau, que al igual que Voltaire, había fallecido décadas atrás, posa en 1.852 con una aparente y distinguida elegancia, que era lo que pretendía el anunciante para vender una idea a su clientela.
Se utilizó su imagen para vender productos de confección, aprovechando su prestigio como escritor.


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Es complejo encontrar todas las razones que condujeron a que la publicidad alcanzara a presentar el aspecto que hoy muestra. Y quizás resulte difícil establecer la frontera que divida qué fue primero, si la necesidad del productor y el vendedor en distinguir su mercancía o la necesidad del comprador en identificar el producto y marca. Lo cierto es que al emparejar un producto con una marca, también se estaba identificando un precio. La publicidad conseguía que los compradores tuvieran un criterio para poder demandar un producto concreto, que ya era conocido por su calidad. Si, además, el productor controlaba los aspectos de producción y precio, solo le quedaba promocionarlo. En este sentido hay que tener en cuenta que las fábricas, que acababan de hacer su irrupción en la economía de las ciudades, se enfrentaban a producciones cada vez mayores, que ya no dependen de la estacionalidad. Ahora hay que producir durante todo el año y cada vez más y, más lejos, porque la demanda aumenta.
Napoleón Bonaparte (1.769 – 1.821), autoproclamado Emperador de los franceses desde 1.804 hasta 1.815 y considerado como uno de los grandes militares de la triste historia bélica de la humanidad, al conquistar la mayor parte de Europa, también fue utilizado como imagen de muchas marcas comerciales. Como esta de la imagen, perteneciente a un fabricante de agua de colonia. El diseño es del año 1.834.

En nuestra economía, a nuestro alrededor, estamos acostumbrados a convivir con las marcas que distinguen los productos que encontramos en el mercado. Pero, como razonablemente se puede pensar, no siempre fue así. Hasta entrado el siglo XVIII, en ese mundo cambiante que se extiende de Europa hasta América, sólo un tipo de mercancías llevaban una etiqueta identificativa o un nombre que las diferenciaba del resto. Esas mercancías eran las medicinas patentadas, es decir, los medicamentos que contaban con una fórmula registrada y aceptada como propiedad industrial.
A partir de la existencia de esta primera distinción en lo productos expuestos para la venta, los fabricantes extendieron el uso del etiquetado de las mercaderías, con lo que los compradores comenzaban a tener un criterio sobre el que hacer su elección al realizar sus compras. En un principio, las mercancías se vendían a granel, en envases comunes y corrientes y sin identificación. El precio, de alguna manera, no estaba fijado, era consecuencia de la voluntad de comprador y vendedor, pues el regateo era una costumbre extendida. Era corriente también que el propio comprador se convirtiera en revendedor de la mercancía comprada, pues hace doscientos años el mercado de productos era escaso, es decir, cuando esto sucede en el mundo, aún no se encuentran suficientemente desarrolladas las cadenas de producción y distribución, por lo que no resultaba del todo sencillo encontrar según qué producto.
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