Claudio destacaba por su mala memoria. Más de una vez hacía llamar a personas a las que él mismo había condenado a muerte, para que estuvieran presentes en el consejo de gobierno o para jugar a los dados. Fue tan lejos su “despiste” que un día, sentado en su triclinio, no se cansaba de preguntar a sus guardias dónde estaría su mujer, Mesalina. Claudio parecía no recordar que Mesalina había sido ejecutada tiempo atrás.
De casta le viene al galgo. El padre de Nerón, el César que incendió Roma, llegó a sacarle un ojo a otro caballero porque éste le había levantado la voz y había recriminado su conducta.
Al propio Nerón, muy a menudo, en el desarrollo de los juegos del Circo, le gustaba cantar en público. Estaba totalmente prohibido salir del teatro hasta que no terminara de cantar, pues cerraban a cal y canto las puertas. Por eso, en alguna ocasión, como registra la Historia, alguna mujer dio a luz en medio del espectáculo.
En tiempos de Augusto, a los parricidas confesos de su crimen, primero se les azotaba para luego encerrarles en un saco con un perro, una víbora, un gallo y un mono. El saco, por último, se tiraba al mar. El propio Augusto era quien, en muchos casos, impartía este tipo de castigo, aunque con cierta indulgencia.
Galba, el César sucesor de Nerón, mandó que cortaran las manos a un banquero y las mandó clavar en el mostrador público de su banco por cobrar comisiones abusivas. Dijo hacerlo para que el resto de banqueros escarmentasen ante las habituales prácticas abusivas.



