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Persecución y
existencia ancestral
Una vez más, para encontrar los primeros vestigios que la Historia nos ha
dejado, debemos viajar a Babilonia, al actual Irak, para saber que dieciocho
siglos antes de Jesucristo, el rey Hammurabi, quien compuso el código de
leyes y edictos que llevó su nombre, ya prohibió la práctica de la brujería.
Dicho código es el primer compendio conocido de leyes redactado y escrito.
La caza
Ya en los tiempos modernos, calcular el número de personas que murieron
acusadas de brujería es una tarea imposible. Muchas actas judiciales han
desaparecido al correr del tiempo, otras ni siquiera se llegaron a redactar.
Los cálculos más alarmistas sitúan la cifra de ejecutados sólo en Europa en
un periodo de trescientos años en nueve millones de personas. Cálculos más
serios, reducen ostensiblemente el número, situándolo en cien mil
procedimientos abiertos y unas sesenta mil personas conducidas a la hoguera
o a la horca.
Llaman más la atención las cifras si detenemos la vista en situaciones
concretas y contrastadas documentalmente. Así, por ejemplo, en Alemania, en
el estado territorial gobernado por un Príncipe obispo fueron ejecutadas
doscientas setenta y cuatro personas en un año y en otra localidad alemana,
en un solo día, se condujo al cadalso a ciento treinta y tres en el año
1.589.
A los perseguidores de la brujería estas cifras les debían resultar
secundarias o de poca importancia, ya que en algunos lugares hicieron
estudios del número de brujas que “andaban sueltas”, como en el condado
francés de Rethelois, donde calcularon en más de siete mil las brujas que
dejaron sin capturar.
La posibilidad de defenderse de las imputaciones era complicada, además se
puede pensar que la mayor parte, por no decir todas las acusaciones, debían
carecer de legitimidad o fundamento.
Sobre todo, durante los siglos XVI y XVII,
se establecieron grandes “cazas de brujas”, que extendieron el pánico y el
histerismo entre la población de Alemania, Suecia, España, Francia,
Inglaterra, Polonia... ningún país europeo escapó a esta debacle de terror.
La caza funcionaba como una especie de cadena. Las primeras (supuestas)
brujas detenidas, después de ser forzadas a la confesión, generalmente a
través de la extorsión y de la tortura, eran obligadas a la delación de
otras brujas. Así, en muchos procedimientos, como la caza de Tréveris, de
trescientas seis brujas denunciadas, se pasó por este método a la detención
de mil quinientas personas, consideradas sus cómplices.
Hay un sinfín de razones que condujeron a que se extendiera
el miedo entre la población de esta forma tan desmesurada. Las brujas y
brujos fueron una especie de chivo expiatorio en el que se concentraban
todas las culpas de los problemas o los males a los que se enfrentaban.
Algunas explicaciones apuntan a la necesidad de los poderes de contentar al
pueblo al encontrar un culpable en este colectivo y darle un escarmiento
público. Si las cosechas se echaban a perder, se apuntaba a las brujas como
responsables, ya que entre sus poderes estaba el producir plagas o tormentas
dañinas. Se las consideraba las culpables de que los rayos cayeran sobre los
campanarios o, al ser capaces de fabricar pócimas, de hacer que las personas
cayeran enamoradas o fueran portadores de la mala suerte. También era una
extendida creencia popular la idea de que las brujas podían convertir a
otros en animales o que ellas mismas podían transfigurarse en la bestia que
desearan.
Todas estas ideas sin base lógica ni
científica, y lo que es peor sin prueba alguna, eran apoyadas por supuestos
hombres respetados por su sabiduría e inteligencia. Lutero o Calvino, fueron
algunos de ellos.
Es curioso que la “caza de brujas”
estuviera enfocada contra aquellas personas que supuestamente practicaban la
magia y el encantamiento, el maleficium, como se conocía, pero los clientes
y demandantes de los servicios de estas brujas y brujos no parecían ser
perseguidos. Si las brujas no tenían a quién prestar su servicio, es
sencillo pensar que tal servicio era inexistente.
Por supuesto, esta práctica de culpar a
las brujas de todos los males que acechaban a la sociedad inculta, víctima
de la superstición y de la falta de sentido común, cruzó el Atlántico.
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Los artistas de la
época evocaban en sus obras representaciones de las extendidas creencias
populares sobre brujería. En este cuadro del siglo XVI, obra de Hans Baldung
Grien, un mozo de cuadras yace en el suelo muerto por el encantamiento de
una bruja, que aparece en el margen derecho, desnuda, como casi siempre se
las imaginaba.

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Las
Brujas de Salem
En Nueva York, Nueva Jersey, Delaware,
Maryland o Virginia, hubo juicios contra brujas, que dado el carácter tan
extremista de Europa, se pueden considerar como ocasionales. Que haya
quedado registrado, solo un juicio en Maryland, acabó con la ejecución de la
encausada. Sin embargo, en Nueva Inglaterra se llegó a procesar a doscientas
treinta y cuatro personas, de las que treinta y seis acabaron ejecutadas. Es
revelador este número de víctimas teniendo en cuenta que la población total
era de cien mil habitantes.
En Salem, Massachussets, en 1692, se
llegó a dar muerte a veinte supuestas brujas. La razón de esta persecución
entronca más con los valores puritanos, sociales y morales, que con
cualquier otra cosa. Las acusadas que peor destino corrieron fueron aquellas
que no reconocieron la autoridad del Tribunal encargado de juzgarlas, que
aunque era de carácter civil, estaba estimulado por las acusaciones del
clero, quien con este tipo de acciones pretendía atacar al poder diabólico
que acechaba a la sociedad.
Museo de la
Brujas de Salem
El diablo
El diablo siempre ha sido considerado
como el objeto de culto y adoración para brujas y brujos. Pero el diablo,
como personaje, no siempre ha sido interpretado o entendido de la misma
forma a lo largo del tiempo. El diablo ha permanecido presente en la
Historia, junto al hombre o inventado por éste.
En todas las culturas el fenómeno de la
brujería ha existido, de una u otra forma. El Código de Justiniano, del
emperador de Bizancio, en el siglo VI, sancionaba con la pena capital a
quien celebrase sacrificios en honor del demonio. En la Antigua Grecia, el
debate sobre la existencia de brujas o del mismo diablo fue considerado por
muchos una creencia vulgar e inculta, pocos creían que alguien pudiera
dominar la naturaleza. Existen también, escritos del Antiguo Egipto, donde
se pone de manifiesto la existencia de conjuradores y adivinos.
En el Antiguo Testamento se habla sólo
del demonio en algunas partes, y se hace de forma un tanto esporádica. En
aquel tiempo no existía conciencia de que el demonio pudiera ser real. Los
judíos estaban en la creencia de que si dios, Yavé, encarnaba el bien, nadie
más que él podía también encarnar el mal. La lógica es: existiendo dios, el
diablo no puede existir. En cualquier caso, Moisés, fue considerado como
practicante de la brujería y la frase que aparece en el Éxodo 22, 18 “No
permitirás la vida de los hechiceros”, se utilizó siglos después para
justificar la “caza de brujas”. En el Nuevo Testamento, la presencia del
diablo es mucho más palpable y constante.
La imagen que hoy tenemos del demonio parte de la pugna del cristianismo con
otras religiones con las que, en sus inicios, competía. Los Padres de la
iglesia cristiana comenzaron a representar al demonio con la misma imagen
que representaban los dioses paganos, es decir, asimilaron e igualaron la
imagen de los dioses distintos al dios cristiano con la imagen del diablo.
La barba de chivo, la imagen semi-animal, las pezuñas o la desnudez, hacen
referencia a dioses como Pan, grecorromano o el dios celta, Cernuno. También
las representaciones de pinturas inglesas del siglo XVII, donde se
representa al diablo con pechos de mujer, provienen de la diosa de la
fertilidad romana: Diana.
El final de todas estas “cazas de brujas”
llegó a través de leyes y decretos legislativos que intentaron poner remedio
a la sanguinaria persecución de personas inocentes. Juristas, jueces y
magistrados enfrentados a teólogos o filósofos, tuvieron en sus manos el
poder necesario para detener la barbarie.
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