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Arte, Historia y Literatura |
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Oscar Fingal O´Flaherty Wills Wilde, nació en Dublín. De su infancia y juventud hay varios datos e influencias que merecen ser resaltados. De un lado, Lady Francesca Algee, la madre, una mujer de gran fortaleza vital, fundadora del Movimiento Irredentista Irlandés, semilla del actual Sinn Fein, (entre otras iniciativas) de la que Wilde heredó no sólo el aspecto físico, sino también, la erudición y el gusto por las reuniones, charlas y debates que organizaba en torno a la lumbre del hogar; de los que el pequeño Oscar era testigo directo y que dejaron impregnadas en su cerebro una visión del mundo exenta de ataduras y simplificaciones. De otro lado, sir William, el padre, otorrinolaringólogo de reconocido prestigio. De él se decía que cambiaba con más frecuencia de amante que de camisa, incluso se llegó a rumorear que en el viaje que emprendió para operar de una dolencia otológica al rey de Suecia, sedujo, con éxito, a la mismísima reina. La vida, un tanto disoluta, de sir William obtuvo como fruto tres hijos ilegítimos, y la consiguiente desatención de los propios, sobre todo de Oscar, que encontraba refugio en la relación materna. |
sir William Wilde y Lady Francesca Algee |
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La consecuencia de tanto devaneo amoroso por parte del padre trajo como consecuencia, en el año 1862, una acusación formal de agresión sexual contra sir William. Nos topamos con un precedente que encuentra bastantes similitudes con los procesos que tuvo que soportar, más tarde, Oscar. La cuestión se ciñe a los siguientes datos: una joven, Molly Travers, de diecinueve años, paciente del doctor Wilde, y con la que sí había mantenido relaciones consentidas, al ver el desinterés formal de su amante, y no conformándose con ello, argumentó ante los tribunales que su honor había sido mancillado. Para sir William sólo se trataba de una aventura más, pero para la joven, quizá enamorada ciegamente, eso era poco. Cuando sir William zanja de forma definitiva la relación, la joven, rabiosa, comienza a enviar cartas anónimas por todo Dublín informando del adulterio, sin demasiado éxito porque la fama que precede al doctor le ha vacunado socialmente. Ante la derrota, Molly, hace algo parecido a lo que hará el marqués de Queensberry años después contra Oscar Wilde. Lady Francesca Algee, para sustraerse del problema, marcha en compañía de sus hijos al balneario de Blair donde la joven no duda en enviar un mensaje en el que detalla que sir William había abusado de ella tras haberle aplicado cloroformo... Francesca, que ya había declarado, jactanciosamente, que no le gustaba “entrometerse en la profesión de su marido”, envió una carta al padre de la muchacha. Todo ello, motivó una querella que se saldó en los tribunales con el único perjuicio para la familia Wilde del pago de las costas procesales. |
Stephen Fry, interpretando a Wilde
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Gracias a una beca de 95 libras esterlinas, en 1874, Wilde ingresa en el Magdalen College. Comienza la vida en Oxford. Ha abandonado el seno materno, por decirlo de algún modo, pero Oscar es un alma demasiado sensible y está necesitado de apoyo afectivo. La carencia de la compañía de la madre es sustituida por las lecciones magistrales de los profesores de Oxford, que tanto influirían en él. Ruskin y, sobre todo, Pater, cuyo texto sobre el Renacimiento le enseña el fundamento de lo que sería su visión existencial: la vida es un instante que se compone de momentos de éxtasis supremos, por lo que hay que aspirar a que cada momento se convierta en un todo glorioso. Lo que resumido, viene a significar el carpe diem, tan virulentamente ansiado en toda época: que cada hora sea un trance temporal exquisito que dé paso a otra hora aún más intensa. Oxford era el lugar que surtía las Instituciones del Imperio Británico: el Parlamento, el Foro, la City o la Administración del Estado. Se concentraba allí un ambiente creativo y dispar que se tradujo en el pensamiento wildeano de todas las formas posibles. Igual se adhería a las teorías conservadoras de Disraeli, como a las liberales de Gladstone, como podía defender las ideas libertarias de Bakunin. De ahí que su primera obra teatral, Vera, sea un drama situado en la Rusia zarista, donde trata el terrorismo revolucionario con resonancias nihilistas. En Oxford, además de estudiar y obtener calificaciones sobresalientes, Wilde se nutre del carácter típicamente cerrado y masculino, que en ocasiones propiciaba el acercamiento más sentimental que la simple amistad. Pronto, Oscar, quizá impulsado por su carácter exhibicionista y ególatra, se rodea de una camarilla de amigos íntimos que comparten las charlas en su habitación, ambientada con preciosas y valiosas antigüedades, cuya finalidad hedonista es la exaltación de los sentidos al contemplar la belleza. Se conservan cartas escritas durante este período donde se puede comprobar el grado de complicidad existente entre ellos, apodados en la intimidad con diminutivos femeninos: posiblemente, sin llegar al estado de relación que años más tarde harían que Wilde ingresara en prisión. En 1879, Oscar termina sus estudios con el título de bachelor of Arts. Es, a través de la íntima amistad que entabla con lord Ronald Grower, cuando se le abren las puertas de los salones londinenses y se encandila con la forma de ser de su nuevo amigo: experto en arte, refinado, elegante, amante de todos los placeres...Todo ello concluye en la consolidación de su nueva apariencia -interior y exterior-. Nace el dandi. Aunque ya existían referentes y antecedentes, como Beau Brummel, que a comienzos del siglo XIX había mostrado, con sus zapatos de charol, sus pantalones ajustados a la rodilla y sus calcetines a rayas, la importancia del atuendo para lograr llamar la atención y lograr ciertos objetivos. Wilde, siguiendo esa fórmula desconocida de propaganda, lo logró. En Londres se comenzó a hablar de él, por su apariencia física y sus ropas y poses más que por su primera obra poética Poesías (1881). Y es que, Du Maurier, un caricaturista de la revista musical “Punch”, había llevado a sus viñetas las figura sentida y afectada del nuevo esteticismo que Oscar representaba. La idea risible del asunto fue llevada al escenario por Gilbert y Sullivan en un musical satírico, con la obra Patience. En el escenario, un actor lánguido y aterciopelado era la imagen imitada, viva y reconocible de Oscar Wilde. |
Disfrazado de Salomé
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Oscar Wilde Animation |
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Son
muchos los videos que se pueden ver en la Red a propósito de Oscar
Wilde: representaciones de sus obras teatrales en muchos idiomas, de
películas basadas en sus escritos, e incluso animaciones como la que
indexamos aquí. Un magnífico, laborioso y artístico trabajo.
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Gracias al éxito de Patience, de pronto, los representantes de los
derechos de la obra teatral ven el filón que puede suponer la presencia
de un dandi genuino en América. Así, se organiza la primera serie de
conferencias sobre el esteticismo en la "Tierra de las Oportunidades".
Wilde parece encantado. El éxito es arrollador porque Wilde encandila
con su ingenio, con su voz medida, su entonación, pero, sobre todo, cor
su afán de asombrar y deslumbrar a auditorios repletos con su inacabable
juego de aforismos. La naturalidad del ingenio también aparece en el
momento más inesperado: al desembarcar en Nueva York, el jefe de aduanas
le pregunta si tiene algo que declarar. Wilde contesta que nada, excepto
su ingenio. El funcionario está a la altura de las circunstancias, ya
que la respuesta que le proporciona es: “Esa mercancía no requiere
protección en Estados Unidos”. En el país, y ante muchedumbres
agradecidas, no pierde el tiempo en discursos simples: “El oro no se os
ha dado sólo para la estéril especulación de los mercados financieros.
Este precioso metal debe dejar en vuestra historia alguna traza más
bella que el orgasmo del jugador de bolsa y el pánico de la familia
arruinada”. |
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Artículo Relacionado Teleny, la Obra Secreta de Oscar Wilde y Otros Amigos
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Después de una paso menos afortunado por Francia, intentó que su obra teatral Vera, llegara a los escenarios. A finales del siglo XIX, no sólo eran los dueños o directores de los teatros quienes compraban los derechos de las obras a los autores para su puesta en escena, sino que también lo eran las primeras actrices quienes las adquirían. Wilde consiguió, tras varios rechazos, que Marie Prescot comprara e interpretara Vera en Broadway. La crítica fue demoledora e inmisericorde. El New York Times sentenció: “inverosimil, prolija y aburrida, pura morralla”. A Oscar aún le quedaba mucho trayecto que recorrer para alcanzar la excelencia del Retrato de Dorian Gray y de sus exitosas obras teatrales. Hasta que llegara ese momento, continuó ganándose la vida como conferenciante.
Lord Alfred Douglas era hijo del marqués de Queensberry, miembros de uno de los linajes más antiguos y poderosos de Escocia. Del marqués han quedado dos cosas para la posteridad: la confección de las reglas por las que se rige actualmente el boxeo (las queenberry rules) y por ser el coprotagonista de la caída de Oscar Wilde. Douglas y Wilde mantenían una relación que excedía en todo punto lo que el marqués y la sociedad victoriana consideraban como normal. Constance, la mujer de Wilde, se mantuvo al margen y sufrió casi en silencio las desventuras homosexuales de su esposo. Pero para el marqués aquella relación, no se podía consentir. El marqués hostigó a Oscar con mensajes, dejados en el club al que la pareja acudía, en los que le acusaba veladamente de sodomita. A raíz de esa nota, se iniciaron una serie de procesos donde el escritor pasó de acusador a acusado. En el primer proceso, en el que Wilde emprende acciones contra el marqués por poner en entredicho su buen nombre, salen a relucir los devaneos amorosos en tugurios de Oscar con jóvenes, indigentes en algunos casos. El marqués no sólo desmonta la verdad de la acusación en su contra, sino que prepara, ayudado por el literal de la sentencia, una querella contra el escritor. Se considera al marqués de Queensberry inocente, considerando que todas las afirmaciones que vertió sobre la “desviada” conducta de Oscar Wilde fueron “en pro del bien público”. Wilde tuvo ocasión de coger un barco que le hiciera llegar a Francia y así evitar la detención que se le venía encima, pero no lo hizo. Así, dos agentes de policía, siguiendo las órdenes del gobierno, le detuvieron bajo los cargos de haber cometido actos inmorales. Tras su paso por la comisaría, ingresa en prisión a la espera de juicio, sin fianza. Su caída fue tan imparable como lo había sido su ascenso social ganado como escritor. La clase media y alta de sociedad de la época, a la que Wilde llevaba al ridículo en sus obras teatrales, se cobraba la venganza. Una vez subido al patíbulo, el mundo, incluso el de la cultura, le dejó de lado. Wilde fue condenado a dos años de cárcel. Desde allí escribió “La balada de la cárcel de Reading”, una extensa carta que le envía a Lord Alfred Douglas, y donde pone de manifiesto todo lo que lleva acumulado. Odio, abatimiento, incomprensión. El encarcelamiento es duro en extremo, máxime teniendo en cuenta que Wilde, por su notoriedad, es un objeto ejemplificador. Es en el cautiverio donde, tras un desafortunado golpe contra uno de los bancos de la capilla, contrae una afección que tiempo después, en el exilio de Francia, acaba con su vida. Wilde fue utilizado por la sociedad de su tiempo, la que antes le encumbró como un genio, como un ejemplo de lo que para ellos significaba un comportamiento incorrecto. Mantener relaciones homosexuales en aquel tiempo suponía estar al margen del buen orden, por eso Oscar Wilde pagó con la cárcel y con la ruina lo que la sociedad victoriana consideraba un pecado.
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