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A Baudelaire no le cogió del todo por sorpresa que su obra más importante, “Las Flores del Mal”, fuera acusada de ultraje a la moral pública en julio de 1.855 ya que, apenas un mes antes y según había llegado a sus oídos, su pequeño libro (compuesto de 18 poemas) “Revue des Deux Mondes” había causado cierta inquietud entre las autoridades.

Desde el día 7 de julio de ese mismo año, la policía contaba en su poder con un informe  que textualmente consideraba a “Las Flores del Mal” como “un desafío a las leyes que protegían la religión y la moral. Pocos días después, advertido del peligro por un amigo, insta a su editor a que ponga a buen recaudo le edición del poemario, pero ya era tarde porque el Fiscal había advertido al depositario del libro en París que su venta quedaba prohibida pues varios versos iban contra la moral.

El juicio tardó dos años en celebrarse. En la vista se intentó descargar responsabilidad y culpa para el autor ya que se le podía considerar “una naturaleza inquieta y sin equilibrio”.

Y puede que no faltara razón para afirmar tal cosa. Charles Baudelaire vivió una infancia inestable. Su padre, un exsacerdote que había colgado la sotana en la Revolución se casó a los 66 años con la que sería madre del poeta, Caroline Dafayis, 34 años más joven que él. El padre no vivió demasiado tiempo y la madre, viuda, se casó con un comandante del ejército francés cuya carrera profesional fue meteórica. La relación con el padrastro nunca fue buena, hasta el punto de llevar a confesar a Baudelaire que, en 1.848, se unió a los revolucionarios con la única intención de disparar contra él, algo que no llegó a hacer.

A Baudelaire pronto le atrajo la vida disoluta de la bohemia, en 1841 ya había contraído su primera sífilis. Antes de cumplir la mayoría de edad, estipulada en la Francia de aquel tiempo a los 22 años, la familia le embarca a Calcuta, intentando separarle de las malas influencias de los bajos fondos, de los que era asiduo. Producto de ese periplo por los Mares del Sur, se encuentran ciertos aromas exóticos en su poesía y eso contando que pronto embarca de regreso a París, pues echaba de menos su ambiente.

Ya con la mayoría de edad, reclama la parte correspondiente de la herencia paterna. Con dinero y juventud, comienza a desarrollar la típica vida del dandi dispensador que engulle en menos de un año la mitad de la importante herencia. Para contrarrestar el ímpetu dilapidador, la familia contrata un administrador que vele por sus intereses de rico heredero, imponiéndole una asignación mensual de 200 francos. Quizás la falta de medios económicos no fuese la principal causa que le empujó a ganar un dinero con las traducciones literarias, es más probable que la causa se encuentre en el deleite que le producía traducir a autores afines a su carácter y a su forma de entender el mundo, como el caso de las obras de Edgar Allan Poe. Consolidados sus ingresos, su disoluta vida no se vio frenada. Muy al contrario, los acreedores hacía cola ante su puerta con la esperanza de cobrar deudas, y a partir de 1857, como veníamos contando desde el principio, la Justicia francesa, también.

Tanto los editores como el autor de “Las Flores del Mal” basaron su defensa en la honestidad de Baudelaire como hombre y como poeta y en que la obra no era menos osada que la común literatura que a diario se imprimía en el país.

El veredicto indicaba que no había habido intención de ofender, pero que se había cometido un delito contra la moral pública y las buenas costumbres, por lo que se les condenó a la supresión de varios pasajes y al pago de 300 francos al autor y 1.000 a los editores. 9 años después, en 1.866, la obra completa se publicaría en Bélgica, pero un año más tarde, tras un ataque cerebral que le produce una hemiplejia y el quedarse sin habla, el poeta muere: tan solo contaba con 45 años de edad.

La mayor parte de su obra: “Cohetes”, “Mi Corazón al Desnudo”, “Pequeños Poemas en Prosa” se publica tras su fallecimiento. En cuanto a “Las Flores del Mal”, mucho tiempo después, en 1949, fue rehabilitada de forma oficial. Una sentencia de la Sala Criminal del Tribunal de Casación decía de forma textual que: “si bien es cierto que algunas descripciones, por su originalidad, pudieron alarmar a algunos espíritus en la época de su publicación (...) tal apreciación se ha revelado arbitraria, pues no ha sido ratificada ni por la opinión pública ni por el juicio de los hombres de letras”.

“Descontento de todos, descontento de mí”, escribió como divisa. A Baudelaire le procesaron por ir contra la moral, quizás por su vida licenciosa; quizás por la forma en que replanteaba qué era lo bueno y qué era lo malo: “Hay que estar siempre borracho. Ésa es la clave, ésa es la única cuestión. Para no sentir la horrible carga del Tiempo que os rompe y os inclina hacia el suelo (...). ¿De qué? De vino, de poesía, de virtud, a vuestro antojo. Pero emborrachaos”.

 

 

 

 

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