Calígula, con 25 años de edad y como descendiente directo de Augusto, fue designado sucesor de Tiberio. En aquel tiempo, el Imperio necesitaba mano dura para mantener el poder mediante el que reinaba Roma. Algo a lo que el propio Tiberio había contribuido, llenando de dinero las arcas públicas y mejorando su administración. Se creía que había sido un acierto designar a Cayo Julio César, desde siempre conocido como Calígula, “botitas” en castellano, apelativo que ganó por vestir habitualmente botas militares. Y fue un acierto nombrarle, pero solo por lo que hizo durante los primeros momentos de su gobierno, ya que en un principio mostró su cara más amable con los más desfavorecidos, en el terreno social y, en el político, devolvió parte del poder a la Asamblea, aportando consistencia al sistema democrático, además de decretar la amnistía para todos los romanos prisioneros o exiliados bajo el mandato de su antecesor o de mantener cordiales relaciones con pueblos enemigos de Roma en el pasado, como con Artábano, del reino de los partos situado tras el lejano Éufrates, quien solicitó su amistad.
Se apunta a una enfermedad mental, un trastorno sin diagnóstico conocido, lo que condujo a Calígula a sufrir crisis de terror, sobre todo cuando la fuerte tormenta arreciaba, algo que al parecer le causaba verdadero pánico. Calígula comenzó un buen día a tener ideas extravagantes y, lo peor, a ponerlas en práctica. Igual se le antojaba que los Senadores participasen en luchas contra gladiadores o que le besaran los pies, como construía una cuadra de mármol para su caballo, de nombre Incitato, a la vez que proponía al equino para cónsul. Sin embargo, las crónicas también cuentan que mostraba, en algunos momentos, ser un hombre simpático, sarcástico, pero cordial e ingenioso en el diálogo.
Otros testimonios sobre Calígula nos hablan de un hombre quizás sobrepasado por el poder, del que tenía un concepto muy definido y del que parecía hablar constantemente.
Calígula: Loco y Cruel




